Somos un Club de Lectura de 18 mujeres a quienes nos une la pasión por las letras.
Aves del Paraíso
lunes, 18 de mayo de 2020
Frankenstein -Mary Shelly
En un laboratorio, un científico realiza un experimento clandestino, con resultados asombrosos. Quiere hacer algo grandioso por y para la humanidad. También busca obtener reconocimiento y fama. A pesar del éxito inicial, ni el científico ni su obra saben cómo reaccionar y ambos huyen tratando de ignorar las consecuencias de haber manipulado material sensible.
Las personas observan con horror y luego reaccionan con violencia a la presencia del que pudiera convertirse en el vector decisivo del origen de un cambio sin precedentes en la historia de la humanidad. Si el científico hubiera hablado a tiempo, si hubiera dado a conocer lo que realizaba puertas adentro de su laboratorio, si las ansias de poder y de fama no lo hubieran cegado y si las personas hubieran sabido que algo creado en un laboratorio iba a afectarlos de esa forma, seguramente se hubiesen podido evitar las muertes que se sucedieron. Sin embargo, nadie estaba preparado para hacerle frente.
Un experimento puede cambiar el mundo. De hecho, la búsqueda del conocimiento es la génesis de la transformación del mundo, pero, esa búsqueda inherente al hombre, a todos los hombres de todos los tiempos... ¿tiene límites? Y si la respuesta es positiva, ¿quién los fija? Y si a pesar de faltar una regulación taxativa, expresa y concreta que limite las fronteras, esos topes éticamente subjetivos, se quiebran y afectan a amplios sectores de la humanidad...¿quién es responsable? Y ¿quién puede juzgar y definir el alcance de esa responsabilidad?
En el fondo de la apasionante lectura de esta semana subyacen varias preguntas intrincadas y de respuesta aún mas compleja: “Aprenda de mí, si no por mis advertencias, sí al menos por mi ejemplo lo peligroso de adquirir conocimientos; aprenda cuánto más feliz es el hombre que considera su ciudad natal el centro del universo, que aquel que aspira a una mayor grandeza de la que le permite su naturaleza”, así reflexiona Víctor en el ocaso inminente de su vida.
Algo falló en el experimento, la desesperación, la ansiedad, la enfermedad y las muerte consecuentes así lo manifiestan y me pregunto si lo que falló fue el experimento, o fueron la falta de previsión, la negligencia y la falta de cuidado del experimentador? ¿Y al final no resulta todo siendo lo mismo? ¿Es decir, los fallos del experimento y del científico no se confunden en la esencia?
La ciencia es responsable de las consecuencias que previó pero también de las que no previó... o son los científicos, o es el estado o son las personas?
¿Qué tiene para decirnos una autora joven, de 18 años, al respecto?
Por otro lado, analizamos y concluimos, en nuestra reunión de Aves del Paraíso, que ni el conocimiento ni la tecnología son el monstruo, tampoco la criatura que nació como consecuencia de abrogarse el don de la regeración de la vida; el verdadero monstruo no es evidente y como ocurre casi siempre, el monstruo engaña y se oculta, es invisible o juega con su buena apariencia, muta, es educado, convincente y sutil. Y es tan hábil que hace pasar las monstruosidades por situaciones justificadas, cuando no ignoradas, y a veces hasta merecidas. El monstruo es quien elude su papel en el entramado de las cosas.
Todo esto y más lo narra Mary Shelley de forma magistral en un relato que escribió hace 200 años y que la cultura popular y Hollywood, se encargaron de destrozar hasta hacerlo irreconocible y poco apetecible.
Creyeron que estaba hablando de otra cosa... pues...
Nunca imaginamos que la historia del Moderno Prometeo fuera a ser tan envolvente en tantos sentidos: es una historia gótica, pero también filosófica, ética, de venganza sin límites, de injusticias legales, de viajes para olvidar obsesiones y recobrar el equilibrio, de paisajes lúgubres, de asesinatos premeditados, de crecimiento, de anhelos poderosos y deseos aplazados, de fronteras del conocimiento, de montañas escarpadas y de odios cegadores, de naturaleza abrupta, de maldad aprendida y bondad inocente, de paraísos perdidos e infiernos labrados. Pero sobre todo de la vida y la muerte y de lo que sucede entre esas dos palabras. Asombra y maravilla que una joven de 18 años hace dos siglos hubiera escrito estas complejidades filosóficas y éticas sobre la tecnología, mismas que aún hoy nos siguen desvelando en las noches lúgubres de profundas reflexiones.
1816 fue y es conocido como el año sin verano, debido a que la erupción del Tambora en Indonesia esparció cenizas por todo el mundo, ocultando al sol por mas de doce meses. Ese verano oscuro y frío obligó a las personas al encierro y al aislamiento en pequeños grupos. Una de esas noches de tertulia y reflexión, después de muchos cuentos y lecturas de terror y monstruos, Shelley vio, soñó y escribió Frankenstein o el Moderno Prometeo, la maravillosa novela sobre una criatura que busca, a cualquier costo, el afecto y contacto con los demás.
2020 es y será recordado por ser el año que vivimos sin contacto social debido a que la explosión del coronavirus en China esparció muerte y enfermedad a todos los confines de la tierra. Agobiados por las noticias pero esperanzados en futuros tratamientos y vacunas, recomiendo leer y disfrutar a Mary Shelley, al mismo tiempo que seguimos viviendo y escribiendo sobre La Cuarentena o el Aislamiento Preventivo, la impensada situación sobre un virus que nos obligó al confinamiento y a la separación de los demás por encima de todas las cosas.
Catalina López, abril 29 de 2020
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