jueves, 22 de septiembre de 2022

Las Bellas Extranjeras de Mircea Cărtărescu


 El libro que escogimos para agosto de 2022 es uno diferente a los que acostumbramos leer en el grupo. Aunque, pensándolo bien, no existe un estilo de lectura grupal y, a lo largo de los años y de los libros escogidos, nos hemos vuelto más cosmopolitas, maleables y permeables a la hora de elegir la siguiente lectura.  Es así como, para esta ocasión, elegimos Las Bella Extranjeras del rumano Mircea Cărtărescu, escritor que, desde hace varios años, figura entre los posibles ganadores del Premio Nobel de Literatura.

 Hemos de confesar que varias de nosotras estuvimos a punto de ejercer la prerrogativa del artículo 3 del Decálogo de los Derechos del Lector, creado por el francés Daniel Pennac, que nos otorga la libertad de no terminar un libro cuando este no nos atrapa lo suficiente como para terminarlo. Ante el conato de insurgencia generalizado, una de las integrantes se dio a la tarea de demostrar las bondades del libro, señalando como uno de sus principales rasgos el tono sarcástico, irónico y burlón con el cual Cărtărescu narra vanidades y obsesiones del mundo literario. Un club de lectura es una logia a la que pertenecemos para crecer intelectualmente con los aportes de los demás, y fue así como, ante los argumentos de la contraparte, decidimos por unanimidad, darle una segunda oportunidad al acusado. Me alegro de la contundencia de los argumentos exhibidos por la defensa, pues estos fueron suficientes para convencer a este grupo de lectoras experimentadas de seguir adelante. Superado el motín, y ya surcando aguas más tranquilas, en la sesión de análisis del libro se pudo evidenciar que varias, durante la lectura individual, pudimos gozar de la visión microscópica hilarante del mundo que rodea a los escritores y, particularmente, de las vivencias narradas en los cuentos que componen Las Bellas Extranjeras. Cărtărescu recrea una serie de situaciones vividas en el pasado con una narración que, al principio, sorprende por no ser lo que uno espera encontrar en tan complejo escritor.

 Me gustan los libros que suponen algún reto, y, el desafío de este libro, fue acercarme a las narraciones que, con humor, dan cuenta de vivencias autobiográficas hilarantes y de hechos que uno no se imagina tengan que vivir los escritores cuando son engullidos por esa costumbre, hace poco inventada, de festivales, giras y espectáculos a los que las editoriales y el público someten a estos autores de las novelas que tanto disfrutamos. Es la tiranía del siglo de la inmediatez.

 En más de una ocasión he admirado el carácter estoico y la aparente tranquilidad con que autores contemporáneos acometen las mismas preguntas sobre los mismos temas en relación al último libro que dieron a luz. Creo que yo no sería capaz de someterme a ese circo de lo absurdo donde, muchas veces, brilla la falta de conocimiento de la obra sobre la que se monta la carpa circense.

 Concluimos en el grupo que los encuentros literarios han de ser una molestia necesaria y un compromiso ineludible para los autores del siglo XXI, aunque confieso que es un placer estar sentado en un auditorio con el autor de ese libro que con tantas ganas fue leído en algún momento; sin embargo, muchas veces, la dimensión humana del autor, con sus grandezas, flaquezas y debilidades, puede llegar a ser tan profunda que afecta las futuras relaciones que con dicho autor podríamos desarrollar. Un saludo efusivo, una mención de alguna anécdota graciosa, un semblante adusto, unas palabras en el idioma local, un guiño a la gastronomía regional, son los afrodisíacos o afrentas inexcusables con los cuales el del banquillo de marras se sienta frente a nosotros. Están advertidos plumas del panorama literario actual: son esos pequeños gestos, para nada originales, los que conquistarán para siempre a la horda de admiradores que lo ven en vivo y en directo.

 Para terminar esta vivencia con las Bellas Extranjeras y de los tres cuentos que la componen, podemos decir que este libro nos llevó a conocer un poco más de la historia de Rumania y de sus costumbres, de su vanguardia dadaísta, de la tiranía del “Conducator” y de la riqueza de poetas, escritores y artistas, para colegir que, como países de raíces latinas que somos, son muchas las cosas que tenemos en común, y que hacen que las anécdotas narradas por el autor,  no nos sean tan difíciles de entender.

 Me pude identificar con varias actitudes cărtărescusianas:

- el cinismo frente al arte contemporáneo

- la inconformidad ante la condescendencia de los países desarrollados frente a las particularidades de los países tercermundistas y, al mismo tiempo, el empecinamiento, casi patológico, con que algunos artistas tercermundistas tratan, ad infinitum, los temas pintorescos que ya no nos definen como nación, pero que muchos se niegan a superar.

- el sufrimiento diario en que se convierten, desde el anuncio, los eventos a los que debemos acudir por obligación. La sociedad “cancela” a los seres que se obstinan en proteger intimidad y rutina; a esas raris avis que, contra toda tendencia impuesta por la tiranía de las redes, convierten en sanctanctórum, sin existencia en el mundo virtual, las cuatro paredes que los rodean.

 Es una novela que, en medio del humor, nos pone a reflexionar sobre la forma en que vivimos la vida, sobre algunos rasgos de nuestra personalidad y sobre el determinismo de circunstancias exógenas que moldean nuestras reacciones y posturas, como la pandemia del coronavirus, la guerras de Rusia contra Ucrania, o la paranoia que dejaron los eventos del 11 de septiembre.

 Un libro vedado a quienes carezcan de humor…

 Catalina López

jueves, 4 de agosto de 2022

La Sospecha de Sofía de Paloma Sánchez-Garnica


Después de un receso de casi dos años, pandemia y post-pandemia incluidas, además de haber incursionado en política por los laditos, retomamos el delicioso placer de escribir sobre lo leído en el inigualable grupo de lectura Las Aves del Paraíso.

Las Aves escogimos para el mes de julio la novela de Paloma Sánchez-Garnica, La Sospecha de Sofía. Un libro apasionante, que se lee con premura, angustia, tristeza, asombro y curiosidad; siempre a la espera de los giros de la trama. 

La segunda guerra mundial se termina en 1989 y no en 1945… con esta frase tan extraña y disparatada en principio, resumo el sentimiento que me dejó la lectura.

Para entender mejor el contexto histórico de la novela nos pusimos a la tarea de indagar sobre los temas políticos que fundamentan la historia de Sara, Daniel y Klaus, los protagonistas que nos llevaron al Madrid franquista, al Paris del convulsionado Mayo del 68 y al Berlín de concertinas y torturas blancas. 

Hubo varios temas tangenciales que enriquecieron la reunión: la libertad de escoger, el engaño consentido, la cada vez más lejana figura de la secretaria del padre de David que se convierte, fiel y calladamente, durante décadas, en la mano derecha del jefe y luego de sus allegados. Recordamos, por supuesto, la canción ochentera que tanto nos ha gustado cantar en coro y con voz entonada: Libre del admirado Nino Bravo.

Resaltamos dos párrafos del texto de la autora:

"El que vive de espaldas a la filosofía se arriesga a vivir la vida que otros quieren que viva, y serán los aciertos y errores ajenos, no los propios".

"Es nuestra obligación dudar de todo, poner en entredicho todas las certezas de nuestro tiempo y del pasado, incluso las del futuro que aún no se han convertido en certezas, analizarlo todo, la crítica, la duda, preguntarse por qué las cosas son como son y no de otra manera, esta es la única forma de mejorarlas".

Finalizamos nuestra reunión con un pequeño debate sobre si, en caso de tener que escoger, viviríamos bajo una dictadura de izquierda o una de derecha… y en ese ejercicio de imaginación se hizo obligatorio el "pasar definitivamente al otro lado, al lado de otra dictadura, de signo diferente, pero con los mismos anclajes, el dominio absoluto de un solo partido, el sometimiento de toda la población a un mismo dictado, el pensamiento único, la falta de libertad, el control, el atraso",  como reflexiona Daniel cuando vuelve a Madrid.

Esa pregunta-reflexión la dejamos para que cada uno la responda después de haber leído esta recomendadísima novela.

Catalina López

lunes, 12 de julio de 2021

Esta Herida LLena De Peces de Lorena Salazar Masso

Este mes, las Aves nos deleitamos con la lectura de este libro maravilloso. Un libro lleno de poesía, amor y dolor. Tuvimos el gran privilegio de hablar con su autora, Lorena. Dejamos aquí esta amena conversación con ella.




jueves, 27 de mayo de 2021

A Prueba de Fuego de Javier Moro



 


En este mes de mayo de 2021, el libro escogido por las Aves fue A Prueba de Fuego de Javier Moro. Tuvimos el privilegio de conversar con él sobre ésta, su última obra. Conocer la vida de Rafael Guastavino padre y Rafael Jr. fue un grato descubrimiento.

Aquí dejamos nuestra amena charla. ¡Fue todo un privilegio!




domingo, 20 de septiembre de 2020

Los Secretos que Guardamos de Lara Prescott

 Para nuestra reunión sobre este maravilloso libro, su autora, Lara Prescott nos envió a las Aves un sentido mensaje.







¡Gracias Lara!

Conversación sobre Canciones para el Incendio con Juan Gabriel Vásquez

Un placer pasar casi dos horas conversando con el escritor de Canciones para el Incendio, nuestro libro escogido para el mes de Agosto. Un libro de cuentos que motiva al lector a una lectura interactiva inteligente indispensable para llenar algunos vacíos intencionales y algunas intenciones veladas que son claves para comprender las historias.  


Nos contó anécdotas e intimidades, secretos del libro, fascinantes y curiosos, de algunos de los cuentos que nos dejaron con ganas de volver a leerlos. Fue maravilloso conocer los autores que lo inspiran, las situaciones que lo motivan, las vivencias verdaderas que plasma en sus escritos, el método que usa...

Su cercanía, su amabilidad y su generosidad se quedarán con nosotras por muchísimo tiempo. 

En conclusión: Nos declaramos nuevas integrantes de su club de admiradores porque además de ser un excelente escritor, ganador de múltiples premios y menciones, con una formación y una dedicación muy profesionales, un orgullo para Colombia y un autor con mucho reconocimiento internacional, es una persona famosa que no ha perdido la perspectiva ni se ha vuelto distante y frío. Todo lo contrario, es un ser humano muy amable y educado que respondió con interés, sin prisas y con mucho cuidado y atención cada una de las preguntas que le hicimos. Una delicia escucharlo porque además es cero acartonado, conversamos como si fuéramos amigos de toda la vida...

Inolvidable 🧡

📖 para el 🔥





jueves, 9 de julio de 2020

El enigma de la habitación 622 - Joel Dicker



Los lectores buscan diferentes emociones en los libros. Y todos los motivos son igualmente válidos. Buscamos entretención, aventura, amor, pasión, misterios, conocimientos... Cada uno escoge su tipo de lectura.

Me he dado cuenta con el pasar de los años que las lecturas que se vuelven mis preferidas, son aquellas que me exigen, que me retan. Cuando abro un libro tengo la esperanza de encontrar en sus páginas más preguntas que respuestas, menos soluciones y mas dilemas. Me gustan los libros en los que un párrafo me llama a leerlo una y otra vez buscando la clave que me ayude a entender mejor determinado personaje, situación o modo de actuar o simplemente por la belleza o la complejidad de lo que dice el autor. Me gusta además, encontrar varias posibilidades y que sea yo la lectora quien encuentre la respuesta. Me gusta ser una lectora activa mas que pasiva. Quiero extraer conocimientos, teorías nuevas para mí, historias desconocidas, antecedentes determinantes, corrientes filosóficas de todos los tiempos, quiero sumergirme en ellas y entender por qué los escritores del Siglo XIX escribieron sobre el alma, la conducta, los deseos y la naturaleza. Los libros son ventanas para mí, aperturas por las cuales me cuelo buscando nuevos conceptos. Los libros en esta etapa de mi vida deben satisfacer mi curiosidad intelectual, necesito que sean fuente de crecimiento, quiero que sigan construyendo, con fluidez y mesura, mi mente.

Un libro debe ayudarme a sostener el andamiaje de un pensamiento cada vez más crítico y selectivo. He evolucionado como lectora por un camino en el cual las lecturas que me llenan son aquellas que me sacuden, me confrontan y me hacen vibrar de emoción. Quiero encontrar en los argumentos que leo, situaciones en las cuales los sentimientos y las actuaciones puedan ser diseccionadas con bisturí, sin importar el tiempo y el lugar en los que se desarrolla la historia, buscando con ahínco llegar hasta los motivos mas recónditos de la naturaleza del ser humano.

En El enigma de la habitación 622, una lectura recomendadísima para este verano de pandemia en varias listas especializadas, encontré una historia interminable con un milímetro de profundidad. Un relato que plantea una trama que parece fascinar y enredar mucho mas al autor que al lector.  Y cuando llega la hora de desenvolver esa maraña sin sentido ni pies ni cabeza, el escritor siembra, como en el cuento infantil, el campo de granos para que, aún con los ojos casi cerrados, encontremos el camino y no nos perdamos definitivamente en ese laberinto soso y sin fin. Las semillas que torpemente siembra el escritor, nos van señalando la ruta, la dirección que debemos tomar para llegar a puerto seguro. Un camino que debemos recorrer como autómatas, ‘sin pienso’, simplemente siguiendo el rastro evidente.

Me parece un poco patética la forma en que aparecen de la nada estas banderas rojas, satinadas, imperdibles, ondeando como impulsadas por un huracán inexistente, tratando inútil y desesperadamente de llamar nuestra atención.  Artilugios vanos, vacíos, improcedentes, coqueteando con el lector de una forma burda y primitiva, regalándonos descripciones donde los lujos y la extravagancia resultan tan hostigosos como innecesarios, señales de auxilio que no alcanzaron para salvar este desastre literario.  El final no le exige el más mínimo esfuerzo mental al lector, es facilista, básico y muy rudimentario. Utiliza los mismos recursos que ya hemos visto cientos de veces en las películas de acción de Hollywood. Películas que tienen como única razón de ser y existir, el éxito financiero de taquilla. La única pretensión de dichos filmes es durar en cartelera el tiempo suficiente para batir un ansiado récord de ventas.

Este libro no me inspiró nada. No me retó. No me dejó nada, ni siquiera la sensación de haberme entretenido. No me hizo pasar las hojas con avidez. Resultó una tarea tediosa y poco gratificante que logré terminar con esfuerzo y voluntad férrera. Un ejercicio de disciplina corporativa y de respeto a mis compañeras de lectura. Dentro de una semana sus protagonistas sufrirán un proceso de evaporación que los aniquilará de forma fulminante; en mi memoria no quedará el más leve rastro de su existencia.

Un ejercicio que me deja pensando en el futuro de un escritor que me cautivó a mí y a millones de lectores en el mundo, con la verdad sobre el caso Harry Quebert y con El libro de los Baltimore.

Las Aves del Paraíso - Fiesta del Libro
Presentación de El libro de los Baltimore
Nuestro club de lectura está unido con lazos imborrables a Joel Dicker. Él fue nuestro padrino de bautizo. Fue nuestro primer amor con un escritor famoso. Con él tenemos lazos de amistad, aunque solo sean imaginarios, que nos llevan a apreciarlo con sentimientos de profundo agradecimiento y admiración. Por eso espero con vehemencia que su futuro literario vuelva a brillar con el ingenio, la sagacidad, la frescura, la precocidad y la originalidad con las cuales me deleitó en obras pasadas.

Catalina López

jueves, 11 de junio de 2020

Madame Bovary - Gustave Flaubert

Hay reseñas que al escribirlas generan ansiedad por varios motivos. Uno, porque los comentarios que se puedan hacer sobre un clásico rara vez contienen elementos novedosos, generalmente son repeticiones de lo que escritores afamados y reconocidos han dicho con anterioridad. Y dos, porque es imposible estar a la altura de ciertos libros y sus autores. Por ejemplo acercarse a la obra de Gustave Flaubert, sabiendo que es el Maestro de la Palabra Exacta, que para escribir un párrafo que se acomodara con precisión quirúrgica a la sensación o a la situación que quería describir, se podía tardar semanas o quizás meses, produce una presión adicional sobre la conveniencia o inconveniencia de plasmar cada una de las palabras elegidas para realizar una reseña interesante. Flaubert no escribía, amputaba.


Así que esta empresa, esta reseña de Madame Bovary de Gustave Flaubert, será un acto de humildad y arrojo, con seguridad muy por debajo de lo que se merece el exponente mas determinado del Realismo literario del siglo XIX.

Tampoco quisiera extenderme mucho y la verdad no se como lo haré porque es un libro de capas, de simbolismos, de referencias y de mucha minuciosidad. No pretendo hacer un manual sobre cómo leer la novela. Mi intención es contar lo que aprendí leyéndola. Las claves que me ayudaron a disfrutarla. La minuciosidad y el detallismo, que a muchos puede desalentar y parecer aburrida, tienen una razón específica para estar ahí.


Nada de lo que escribe Flaubert es gratuito o sobra. Todo, hasta lo mas banal y vacío, lleva sutilmente a explicar el carácter de una persona, la psicología de un protagonista, los ideales de una sociedad, la mezquindad  de alguien, las pequeñeces de los seres humanos, la pasión de una pareja... todo lo que escribe y describe debe mirarse con lupa, preguntarse por qué está ahí y qué significado puede tener en el contexto del libro. Leerlo es como jugar al detective; no hay cadáver, pero si hay un poco de misterio; no hay una trama explícita, pero si hay hechos y situaciones que van tejiendo la vida; y lo mas importante, no hay juicios ni responsabilidades morales. Hay que estar atento porque hasta el nombre de una mascota puede estar en clave y significar admiración y reconocimiento implícito a un escritor o personaje de otro libro.

Borrador de una página escrita por Gustave Flaubert
Por lo tanto, una mentalidad detectivesca y analítica será muy útil si, luego de ojear esta reseña, usted decide leer Madame Bovary. Tenga a mano papel y lápiz, resaltador, internet; ármese de muchas herramientas porque este clásico no es básico. No será fácil, no lo sentirá cercano al siglo XXI (aparentemente), no habrá simpatías por ningún personaje, tampoco empatía; si acaso, algo de compasión, incluso ansiedad y hasta animadversión hacia alguno de los personajes, entre los que estará, sin duda, la protagonista.

Gócese la narración. Hágase una imagen mental con las descripciones del autor francés; cuanto más apegada esté su mente al texto, más fácil le será descubrir la intencionalidad de las palabras. No deseche nada, ni siquiera lo superfluo porque allí se encuentra la clave de la narración. Tenga presente que para muchos Madame Bovary le sigue al Quijote en la lista de lo mejor de la literatura universal. Y no es por eso que deba gustarle. No. Por esa razón, y aunque a algunos les resulten odiosas las listas, hay que dejarse envolver por el placer de estar ante una verdadera obra de arte, un relato sinfónico, un caleidoscopio de sensaciones olfativas, gustativas, visuales y sensuales como pocas veces se ha visto en las letras.  Con este libro uno se crece como lector y como ser humano, pues en la base misma de la novela está la falta de moraleja, que es a la vez una moraleja, la ausencia, muy lograda, de juicio moral. Flaubert es un dios omnipresente despojado a propósito, de su calidad de juez. Él narra hechos. Sin valoraciones. Y de la desnudez de los hechos nos conduce a la desnudez del alma de los personajes.


 No puedo odiar a Emma la protagonista aunque ese sea el sentimiento que me produjo en un principio. Y no la puedo odiar porque Stefan Zweig me lo impide. Les voy a contar por qué. Recuerdo con mucho cariño y emoción una de las primeras biografías que leí, la de María Antonieta, escrita por el austríaco antes mencionado. Y mientras leía a Madame Bovary, en el fondo de mi mente se iba haciendo cada vez mas presente y clara la figura histórica de María Antonieta.

Maria Antonieta, la Reina de Francia, nació para mi el día que abrí el libro escrito por Stefan Zweig. Ella fue creada con las palabras del austríaco, creció con las anécdotas y el estudio psicológico del autor, fue desacreditada por la debilidad y los excesos con que vivió su reinado, fue sentenciada, juzgada y reivindicada al momento de su muerte con y por las palabras con las cuales el escritor narra el encierro y la dignidad con que vivió sus últimos días. Zweig le dio la vida con la cual ella habita mi mente. Y mientras leía la historia de Madame Bovary, una historia de sensualidad, aburrimiento, adulterio, deseos nacidos de las semillas plantadas por los libros románticos de la época y sobre todo de insatisfacción, empiezo a ver la similitud con la vida de la Reina de Francia. A veces las confundo, las dos figuras se fusionan, se amalgaman y las enredo. María Antonieta y Emma son dos mujeres a quienes el destino cruel convirtió en famosas manipuladoras, dignas de los mas bajos epítetos a que una mujer ‘decente’ se pueda enfrentar. Hay muchas diferencias, siendo la mas evidente la dignidad y respeto que acompañan en la última etapa de su vida, camino a la guillotina a la reina, en contraposición al desprecio, los gritos, el dolor y el egoísmo con los que Flaubert reviste el suicidio no tan grandioso, de Emma. Tal vez son más las cosas que las separan que las que las unen, pero para mí son las coincidencias las que me animan a escribir estas líneas.

La reina María Antonieta de Francia en la corte
Mientras María Antonieta se aburre en su palacio, se disfraza de campesina, ordena construir un pueblo de labriegos, ordeña vacas y camina descalza, Emma vive en una granja, ordeña vacas y sueña con castillos, marqueses, balcones, cenas y zapatos de plumas y satín. Ambas recibieron una educación conservadora, marcada por la religión y el respeto a las buenas costumbres. Ambas fueron entregadas en matrimonio por sus padres. Sin embargo y a pesar de estar frente a un futuro aparentemente mejor, ambas desentonan, no armoniza con el destino que les toca en suerte, ambas se sienten ahogadas,  constreñidas por el  papel que representan. Paradójicamente y a pesar de las diferencias abismales e infranqueables de cuna, ambas comparten la tragedia de un final inesperado.

Hay días en que el destino pasea la vista por sus dominios y se empeña en recordarnos de quien es la mano que maneja la rueca. Aburrido de la mediocridad que divisa en todas partes, inicia con crueldad un juego sombrío. Escoge sin miramientos una o dos almas débiles, livianas e ingenuas para hacerlas protagonistas de una tragedia macabra de la cual no podrán escapar. Lo hace porque puede hacerlo. Solo para demostrar la nula capacidad que tenemos los humanos de cambiar el rumbo establecido. Entonces, a la luz de esta circunstancia, confieso que me es difícil no sentir una pizca de compasión por ambas mujeres, muñecas y títeres al vaivén de los deseos, los excesos y las pasiones que sienten y despiertan en otros más astutos, manipuladores y cínicos.

Al leer, busquen símbolos del sentimiento anticlerical del autor, de su burla a la sociedad burguesa, del deterioro moral de la protagonista, de la mediocridad de Charles, de la mezquindad del pueblo pequeño, del paso del tiempo, del vaticinio del final, de la falsedad y la burla de los títulos, del fetiche del escritor, del vacío y la ausencia que cubre todos los aspectos de la novela. Busquen el significado de un ramo de novia que se tira al fuego, de una torta nupcial que no es comestible, de una copa que se lleva a los labios sin tener la intención de beber, del vademecum jamás consultado de lomo desgastado que adorna la biblioteca de Charles Bovary, médico de ese villorio y sus cercanías. Busquen escenas sensuales y sexuales, donde no se menciona ni siquiera la palabra caricia; escenas camufladas tan sutilmente que, cuando uno las lee por primera vez, ni siquiera está seguro de haber leído algo erótico.

 Busquen una sola descripción del carácter, la personalidad o la psicología de uno cualquiera de los personajes. Difícilmente la encontrarán porque el maestro del Realismo literario no describe la sordidez de Rodolphe, la muestra. No describe la sensualidad de Emma, la pinta. No describe la mediocridad de Charles, la detalla. No describe la manipulación del comerciante- prestamista, nos la pone delante una y otra vez.  No describe el aburrimiento que envuelve a toda la sociedad, logra que lo sintamos. No describe la insatisfacción de quien espera que algo extraordinario suceda en su vida, hace que la percibamos. Flaubert eleva todo lo mundano y vulgar que hace de Yonville el “pueblo pequeño infierno grande” a la categoría de prosa poética sin emitir un solo juicio moral, ni enrostrarle a nadie la responsabilidad en el devenir de los hechos.

Gustave Flaubert
Pero hay más, pues a través de esas mismas situaciones logra iluminar los rincones más sórdidos de las almas de estos pueblerinos que se parecen tanto a nosotros. Y todo lo anterior lo hace con un toque espléndido y sutil de ironía y crítica. El Maestro de la Palabra Exacta.

Catalina López

Viaje en medio del confinamiento - Segunda parte

Yo lo leí, yo lo viví.

Se creía que el Chimborazo, volcán inactivo de Ecuador, era la montaña más alta del mundo, y claro, Humboldt quería ser el primero en escalarla para observar, medir y pintar todo lo que allí crecía, vivía y se movía. Quiso sentirla. Nosotras lo acompañamos, ascendimos junto a él, le dimos aliento para que conquistara la cima, fuimos testigos de su entusiasmo y vimos el cuidado con el cual abría los estuches de los instrumentos que iba necesitando para sus mediciones;  lo observamos leer con meticulosidad la humedad, la composición del aire, el punto de ebullición, la posición de las estrellas o de las nebulosas y desentrañar las capas geológicas de una zona,  para estudiarlas con su microscopio, telescopio, el altímetro, el termómetro o el barómetro. También estuvimos cuando, para nuestra sorpresa, pateó varias rocas por la ladera para ver hasta donde rodaban...quién sabe en qué dirección estaba trabajando su mente esa tarde en el Chimborazo.


Quería descubrir los secretos de la montaña, saberlo todo, apuntarlo todo, registrarlo todo. Sin embargo, estando a escasos trescientos metros de la majestuosa cúpula, el terreno mostró una enorme grieta imposible de cruzar, era una grieta demasiado grande y ancha. Humboldt no estaba en su mejor condición, sufría de vértigo, tenía los pies y las manos adormecidos, una infección que no sanaba, y los zapatos gastados; vimos que corría peligro su vida, sangraba y mostraba los efectos del mal de altura; entonces, a casi 6000 metros, decide no continuar.

Una revelación que cambia la vida puede llegar en cualquier momento y a Humboldt le llegó justo ahí, observando la montaña, lo que en ella crecía y vivía y todo lo que estaba alrededor y más abajo. Y entonces, todo lo que había medido, dibujado y estudiado, se conectó.  Su mente se iluminó con la luz que se enciende en quienes son los elegidos para descorrer el velo que cubre las cosas que necesitan ser reveladas, el velo que siempre ha estado, pero que nadie más ve. Todo estaba allí, plantas, altura, animales, clima, zonas, la interdependencia, la conexión, las relaciones, el fundamento, los sistemas, la diversidad, la cadena....pero nadie lo había unido. Si Humboldt no lo hubiera dicho, más tarde alguien lo hubiera hecho, pero no de la forma tan sublime en que él describió, ilustró y mostró la unidad de la naturaleza. Por increíble que parezca, hicieron falta muchas expediciones, muchos exploradores, muchos estudios y muchas versiones para llegar a este concepto. Era necesario que ésta y no otra versión fuera la que el mundo oyera. Era necesario que alguien como él relacionara lo que sucedía en las montañas y volcanes de los Alpes, los Andes y los Urales.


Cuando la expedición llega a su fin, Humboldt decide hacer de París el lugar perfecto para divulgar su nuevo concepto de ‘La unidad en la naturaleza’. Para conquistar la Ciudad Luz cuenta con una valiosa carga de baúles llenos de muestras, herbarios, colecciones de insectos, anécdotas, estudios, descubrimientos y anotaciones. En los círculos cultos de Europa la versión aceptada hasta ese momento hablaba de una América poco desarrollada, sin especies de gran tamaño, de muy poco interés para la ciencia. Plantas, animales y seres se habían quedado en una etapa subnormal de desarrollo, se oía decir a los académicos.

“El Nuevo Mundo era inferior al Viejo, afirmaba Buffon en la obra de historia natural más leída de la segunda mitad del siglo. Según él, las plantas, los animales e incluso las personas en el Nuevo Mundo eran más pequeños y débiles. No había grandes mamíferos ni gente civilizada, e incluso, los salvajes eran «endebles».

Humboldt, por el contrario, propone una narrativa diferente sobre el continente americano. Y mientras escribe y publica sus Crónicas, Narrativas y Ensayos ya sea en series o tomos individuales, en formatos valiosos y exclusivos o populares y baratos, también dicta conferencias sobre la Naturaleza. Se dedica a conquistar a Europa, a interesar a intelectuales, científicos, filósofos, ancianos ilustres y a jóvenes estudiantes, con las descripciones y las ilustraciones de las especies nuevas de plantas y animales coleccionadas durante su travesía de cinco años por esta parte del mundo. En las conferencias las palabras se le atropellan a una velocidad asombrosa y con un entusiasmo pocas veces visto, asombra al público con la descripción de un mundo  que  hasta ese momento había permanecido en la oscuridad total para la gente común, un mundo que había despertado muy poco interés en los círculos catedráticos.



Él inventó la naturaleza, porque aunque los españoles llevaban más de trescientos años en América, ningún europeo había visto el continente con los ojos de Humboldt. La gente abarrotaba los salones parisinos, hacían fila y exigían su presencia todas las noches; él saltaba de sitio en sitio, de salón en salón, dictando hasta cuatro conferencias en una misma noche: era el acontecimiento de la ciudad, lo que nadie se podía perder. Humboldt los hipnotizaba describiendo animales totalmente desconocidos, se emocionaba recordando los pájaros de cantos estremecedores, los insectos de formas tan variados que solo los dibujos acreditaban la veracidad de lo que contaba, les hablaba de reptiles monstruosos por su tamaño, mortíferos en su abrazo y de colores tan atractivos que era casi imposible dejar de observarlos. En sus mentes, los asistentes iban inventando imágenes de lo narrado, paisajes con plantas y animales exóticos viviendo en un mundo lejano y desconocido. Así los hechizaba.

Y así nos hechizó a nosotras. En Mayo de 2020 escalamos, trepamos, medimos, apuntamos y dibujamos el Vesubio, los Apeninos, los Urales y por supuesto Los Andes y los Alpes. Todavía no sé como hicimos tanto en tan poco tiempo. Mientras miles de millones de personas alrededor del mundo estaban confinadas en sus casas, atrapadas en sus quehaceres cotidianos, nosotras nos dimos el lujo de navegar por ríos turbulentos y mares tropicales de aguas cálidas y transparentes; de conocer y cenar con Jefferson y admirar la democracia naciente del país del norte, pero también de bailar con Bolívar y de alentar una revolución y una liberación; de sufrir mareos terribles, cansancio, y algunas picaduras. Aprendimos que el azul del cielo se puede medir, que Humboldt educó a los europeos sobre América y que él fue el primero en encontrar un diamante en Los Urales, no por casualidad, sino basado en predicciones fundamentadas en estudios y comparaciones geológicas de terrenos similares a miles de km de distancia.


Durante ese mes llenamos baúles con los objetos más inverosímiles: rocas recién expulsadas por la erupción de un volcán en Ecuador para compararlas con las del Vesubio, helechos de tamaños jurásicos, especies de animales desconocidas en el viejo continente, flores prensadas entre hojas de libros, muestras de las profundidades de minas en Siberia, de números correspondientes a las mediciones de la calidad de aire a 7000 metros de altura. Con Humboldt ascendimos en globo aerostático sobre París, bajamos en una campana de aire para revisar las obras que se estaban construyendo bajo el Támesis, cenamos con el presidente Jefferson en Monticello y pedimos financiación al Zar de Rusia para viajar hasta los confines de su imperio. ¡Qué días! ¡Qué mes!

De mis compañeras de viaje sé que algunas están profundizando aspectos de la técnica de ilustración de Humboldt para aplicarlas en sus hermosas creaciones; otras quieren investigar más sobre los años mozos de Bolívar,  alguna ha vuelto a leer poemas de Whitman sobre la naturaleza con renovado interés, otras empezaremos, hojearemos o terminaremos Cosmos o Narrativa Personal y todas sin duda, miraremos con los ojos prestados de Humboldt, la naturaleza que nos rodea.


Andrea Wulf hace un trabajo maravilloso al replantear la estatura inconmensurable del  genio prusiano que transformó la visión de la naturaleza y que influyó en personajes de la talla de Goethe, Muir, Schiller, Waldo Emerson, Walt Whiltman, Thoreau y Charles Darwin. Su visión de la naturaleza, de las fuerzas que influyen y modifican el ambiente, el clima y las civilizaciones fue devorada por reyes, filósofos, presidentes, científicos de todas las disciplinas, jóvenes brillantes, mujeres curiosas, pintores y académicos. Para nosotras fue un viaje exótico y revelador. La Invención de la Naturaleza es eso y mucho más.  Alexander Von Humboldt es una figura inmensa, el último hombre del Renacimiento, un hombre de la Ilustración, el primer divulgador que usó medios masivos y un Romántico que vio en la humanidad una fuerza poderosa capaz de modificar la naturaleza, el paisaje y el clima.


Después de leer este libro, Humboldt pasa a ocupar un lugar privilegiado en el Olimpo de los hombres sabios que nos hacen recuperar la confianza, perdida tan a menudo, en la especie a la que pertenecemos.

Catalina López

domingo, 31 de mayo de 2020

Aves en COVID

PACIENCIA


La hemos vivido y aprendido en este tiempo de cuarentena. Es la que estoy viviendo también en tiempos de lectura “cuasi obligada” para Las Aves. Confieso que he hecho trampa. Una trampa aprendida en tiempos de confinamiento... descubrí los audiolibros y dos de los libros de estos meses los he oído y no leído en mis caminatas diurnas. Empecé con Frankenstein... fue un deleite... tuve la fortuna de encontrar un muy buen narrador quién con una preciosa modulación española me acompañó muchas horas. Aprendí y gozé de esta poderosa obra de Mary Shelly bellamente narrada.

Me ha gustado esta nueva forma de “leer”. Al terminar a Frankenstein, seguí con el audiolibro de El Quijote. ¡Ha sido toda una aventura! Cada historia de esta maravillosa obra literaria es corta y con final definido, he podido hacer pausas sin perder una secuencia. Es un libro que las permite. Con este libro maravilloso es como cuando encima de la mesa de noche tenemos varios libros empezados y vamos picando felizmente en cada uno de ellos o, siendo más contemporáneos, cuando en nuestro libro electrónico también nos lo permitimos...

Como en una tarea de colegio, mi deber hoy es terminar de “leer/oir” a Madame Bovary. Encuentro una buenísima narradora francesa que me está acompañando en las nuevas caminatas. Es la segunda vez que lo leo, ¿o debo decir oigo? La primera lectura fue durante una adolescencia romántica y hoy vuelvo a Flaubert que, aunque maravilloso y pionero de su época, es denso para nuestro siglo XXI, aunque fue osado en aquel siglo XIX.

El libro enerva a ratos, la acción no siempre fluye, las descripciones son hermosas pero eternas, y a ratos, enervan. A Madame la veo mezquina, pretenciosa, arribista, excesivamente adornada, mañé en jerga antioqueña, loba en bogotano. Tiene un marido aburridorsísimo que, sinembargo, la adora ciegamente. Ella se cree de mejor familia porque se encuentra un amante rico y noble que la alaba y la quiere o ella quiere creerlo... y todavía me falta. Sé su final, pero con el tiempo entre dos lecturas se siente distinto, nos dará de qué hablar.

Aunque cansada de la suspiradera de Emma, seguiré disfrutando y al mismo tiempo penando para terminar el libro a tiempo para nuestro próximo encuentro.

María del Carmen Montoya



EN EL SUPERMERCADO


Yo la verdad he leído poco, traté los audiolibros pero no me gustan, me recuerdan las radionovelas de antes.

Últimamente  he estado pensando mucho en cómo nos ha cambiado la vida en unos pocos meses, estamos viviendo una pandemia que nunca imaginamos nos iba a tocar, estamos viviendo la época del RE, ahora todo es reinventarse, reprogramarse, replantearse, retomar, releer, revisar, repensar, reactivarse, reentender y a todo se le puede poner RE, la mayoría de los verbos vienen con RE  y cada uno se adapta a lo que estamos viviendo. Inclusive, cuando ésto termine, RE estará  en nuestras vidas porque nos habremos readaptado y nos vamos a reencontrar.

Para terminar, como hoy me levanté temprano para ir al mercado y quiero entrar apenas abren, porque  no hay nadie y esta recién  desinfectado, llego a la caja y veo que tienen unas bolsas nuevas, son pequeñas y me gustan por su tamaño, compro una, llego a la casa y cuando voy a bajarla la miro y veo ésto:



Luisa Londoño

jueves, 21 de mayo de 2020

Confinamiento

"No siempre podemos decir qué es lo que nos mantiene encerrados, lo que nos confina, lo que parece enterrarnos, y sin embargo sentimos ciertas barreras, ciertas rejas, ciertos muros. ¿Es todo ello imaginación, fantasía?... Podemos creerlo, o no. Y entonces nos preguntamos: ¿va a durar mucho, va a durar siempre, va a durar toda la eternidad? ¿Y sabes qué es lo que no libera de esa cautividad? Un afecto muy profundo y muy serio. Ser hermanos, ser amigos, el amor, eso es lo que abre las puertas de la cárcel gracias a una fuerza mágica."

Vincent Van Gogh, Carta a su hermano Theo, julio de 1880


lunes, 18 de mayo de 2020

Una Educación- Tara Westover


Al pie de Buck’s Peak, una montaña gigante, inamovible y omnipresente,  vive una familia mormona fundamentalista que no cree en la medicina ni en la educación, que espera y se ha preparado para la llegada inminente del último día.

Tara crece en ese ambiente, se define por las palabras y la concepción del papá, el rol ambivalente de su mamá y una estructura familiar jerarquizada que se se perpetúa y valida por la tradición religiosa. Su infancia y juventud son tan impactantes que por momentos uno duda que puedan ser reales. Sin embargo su relato, carente de superlativos y drama, nos adentra en una forma de vida brutal que, cambiando fechas y datos geográficos, es igual a la que han vivido muchas mujeres a través de la historia.

Lo paradójico, es que ésta que parece la sinopsis de un libro que sucede en siglos pasados, sea una historia que se desarrolla en nuestros días. Tara, destinada a ser una partera clandestina, yerbatera autodidacta, esposa sumisa a muy temprana edad, saco de boxeo de su hermano mayor, estaba ademas e indefectiblemente condenada a no conocer mas textos escritos que los  de su religión; a crecer, desarrollarse y morir en medio de unas creencias aniquiladoras, castrantes y arrasadoras.

No obstante algo surge cuando descubre las matemáticas, cuando oye un coro religioso en un equipo de sonido de un hermano, cuando vislumbra fragmentos de otro mundo. El proceso que allí se inicia, sentada a los pies de su hermano, oyendo esa música maravillosa, tiene un precio. Personal, familiar y mental. Físico. Dejó mucho en el camino. Con muchas dudas, con pocas seguridades, con carencias y con una determinación que fue fortaleciendo poco a poco, consiguió crear su propia visión del mundo, consiguió entender el mundo con ojos diferentes a los de su padre. Consiguió traspasar el espejo.

Hoy, con 32 años, Tara personifica la esencia de lo que la Educación produce en el ser humano. No la educación entendida como un acervo de datos, fechas, citas, ensayos y publicaciones. Que también son importantes. La Educación entendida como la capacidad de entender el mundo con base en criterios y análisis propios. Entender el mundo como una visión que se construye con el aporte de muchos, pero que al momento de hablar y actuar, lo hace con la convicción y el criterio de uno solo: el yo individual.

“Los vendavales son fuertes cerca de la montaña, como si la cumbre misma exhalara. El valle está tranquilo, sin que nada lo perturbe. Entretanto, nuestra granja baila: las rotundas coníferas se balancean despacio mientras tiemblan la artemisa y los cardos, que se inclinan ante las ráfagas y las corrientes. Detrás de mí, una colina suave asciende para unirse a la base de la montaña. Si miro hacia arriba, veo la forma oscura de la Princesa India.

La colina está revestida de trigo almidonero. Si las coníferas y la artemisa son solistas, el trigal es un cuerpo de baile en el que cada tallo sigue a los demás en arranques de movimiento y un millón de bailarinas se comban, una tras otra, cuando el ventarrón les abolla la dorada cabeza. La forma de la abolladura se mantiene solo un instante, y es lo más cerca que estamos de ver el viento.

Al volverme hacia nuestra casa, situada en la ladera, percibo movimientos de un género distinto, sombras alargadas que se abren paso con rigidez entre las corrientes. Mis hermanos varones se han levantado y miran qué tiempo hace. Imagino a mi madre frente a los fogones, donde prepara tortitas de harina y salvado. Visualizo a mi padre encorvado junto a la puerta trasera, atándose los cordones de las botas de seguridad para luego enfundarse los guantes de soldador en las manos encallecidas. El autobús escolar pasa por la carretera sin detenerse.

Aunque solo tengo siete años, sé que ese hecho, más que ningún otro, diferencia a mi familia: nosotros no vamos a la escuela.”

Catalina López, 2019

Algún día, hoy- Ángela Becerra- Power Point de Catalina López

La invención de la naturaleza - Andrea Wulf (1)


Lo siento. Confieso que en medio del confinamiento obligatorio he viajado con un grupo de amigas a lugares exóticos de belleza casi sublime, no exentos de aventuras y de riesgos casi tan letales, como los de la pandemia que nos agobia.

Hace un mes decidimos iniciar esta aventura. Recorrimos partes de América del Sur empezando por Venezuela y finalizando en Cuba, para luego, aunque yo no sea del tipo explorador, continuar a Centroamérica y finalmente llegar a Estados Unidos.

Empieza mi mente a hacer comparaciones y a pensar que aquello que a Humboldt y a Andrea Wulf les tomó cinco años, nosotras lo realizamos en un mes. Es el milagro que logra, tener entre manos, una lectura así de apasionante. Y sigo comparando y pienso que lo que para el genio alemán era el café, “sol concentrado” como lo llamaba, imprescindible para mantenerse alerta, despierto y funcional, es para nosotras el placer de leer en las palabras de escritores brillantes, la fascinante vida de personajes reales y ficticios.

Empezamos pues esta aventura embarcados en varias canoas suficientes para acomodar a mis amigas Las Aves del Paraíso, la verdad canoas bastante inestables, incómodas y muy pequeñas para tanto equipaje y pasajeros.

Humboldt y Bonpland, su inseparable compañero, viajaban con decenas de instrumentos especializados y muy costosos, de última tecnología, con cuadernos, diarios y libretas bellamente empastados complementados con cientos de lápices y tintillas para dibujar y hacer las ilustraciones que tan hábil y bellamente realizaron.

Alexander nos pareció tan guapo y tan fascinante, tanto física como intelectualmente, que podíamos oírlo hablar, sin pestañear, durante horas, con pasión casi adolescente, atraídas por el recio acento alemán que imprimía a sus descripciones y relatos, delicadamente suavizados por el murmullo que se desprendía de la canoa al deslizarse por las aguas tranquilas del Orinoco.


Otras veces, cuando el río se tornaba realmente turbulento y peligroso, él sabía pintar con el uso magistral de sus palabras, las imágenes de una selva inhóspita y amenazante, más acorde con el imaginario colectivo del hombre civilizado que cree, ya saberlo todo.

Recordé a José Eustasio Rivera y a sus tambochas, suplantadas en este viaje por las anguilas y los caballos que, desesperados como indios y caucheros ante el  rumor de la llegada de las hormigas devoradoras, trataban igualmente de huir con el mismo frenesí y prisa para evitar ser atrapados por esas criaturas casi míticas, de instintos mortalmente naturales.

Es, en vivo y en directo, la lucha por la supervivencia descarnada de las especies en la selva. Los viajes literarios favorecen lo que la tecnología aún no ha conquistado: viajar en el tiempo para amalgamar, en una sola vivencia, momentos separados por años, incluso siglos de distancia.
Así que ahí estaba yo, juntando en una sola imagen, la naturaleza salvaje y despiadada de La Vorágine, con las observaciones científicas y exuberantes de Humboldt.

Dos visiones diferentes de una misma selva tropical que, misteriosamente, juega a atrapar el cuerpo y la mente del forastero que se arriesga a ser engullido en la próxima curva sinuosa de los majestuosos ríos y sus afluentes, únicos amos que pueden expedir pasaporte y salvo conducto para transitar por este imperio, mucho más antiguo y poderoso, que ese allende mar, que osa expedir un permiso restrictivo y taxativo a la comitiva expedicionaria en nombre de Carlos IV de España. Si seremos graciosos y petulantes los seres humanos de todas las épocas.

Humboldt y Bonpland lograron resistir mucho mejor que nosotras, no por debilidad de carácter, sino por la pátina de una sociedad que cada vez nos cría más delicados y susceptibles a todo lo que nos rodea, los constantes e inclementes ataques de mosquitos que, envueltos en pesadas nubes de humedad y calor, se enseñaban con la comitiva. Si tenían algún secreto creado y patentado por el poderoso Sacro Imperio Romano Germánico, de donde era originario nuestro explorador alemán, nunca lo dijeron.

Lo sospechamos, pero nada pudimos comprobar. Estos eran hombres recios, fuertes y valientes, que ante el peligro, y hubo muchísimos, no huían, sino que pausademente caminaban y los enfrentaban.
Se parecían a los Caribes, poderosa tribu que tanta admiración suscitó en Humboldt, apreciación ésta que correspondía perfectamente con la habilidad que tenía de abarcar, de un vistazo, las relaciones, conexiones y los hilos que unifican naturaleza y civilización.

¿Qué otra forma de sociedad hubiera estado más compenetrada con el ambiente que la rodeaba?
Nunca menospreció los mitos y las leyendas de los pueblos autóctonos. Todo lo contrario, allí también encontró la fuente de nuevas ideas, de conocimiento diverso, de apreciación del medio ambiente como un todo armónico. Era evidente que su afán de unificar plantas, especies animales, clima y hombres era un concepto que se irrigaba en todas direcciones.

Su capacidad de relacionar las partes de un hábitat de forma globalizada, era algo que, hasta el momento, no había hecho, increíblemente, ningún europeo.

Hoy que hablamos tanto de contagio, pudimos sentir cómo Humboldt traspasa siglos y distancias físicas para contagiarnos esa pasión y esa forma de ver la naturaleza como un conjunto maravilloso y sorprendente, un gran organismo vivo, que acoge en su seno a todas las formas de vida, a todas las fuerzas que modelan y moldean el terreno, así como también a todas las cosas inanimadas, que naturalmente coexisten en el mundo que habitamos.

Hemos estado buscando incansablemente la Teoría del Todo, la Teoría Unificadora y ella ha estado ahí, toda el tiempo al frente de nosotros.

Quien haya visto las ilustraciones que acompañan su voluminosa obra escrita, es testigo de una sensación que nos lleva a percibir, como si fuera la primera vez, imágenes que aunque no corresponden directamente a una experiencia individual y personal, están impresas y hacen parte del acervo cultural colectivo.

Me refiero específicamente a la Laguna de Guatavita o al Salto del Tequendama, que siendo ilustradas por Humboldt, re-crean en nuestra mente esos bellos paisajes de nuestra patria de forma diferente.

Humboldt, con nosotras como testigos, viajó a lomo de mula, con su costoso y especializado equipo atravesando numerosas montañas, volcanes, lagos, nevados, picos y mesetas, más agrestes, indómitas y escarpadas que la mayoría de los montes alpinos que había escalado como preparación juiciosa y científica a esta, la gran expedición de su vida.

 Con cada paso que los nobles animales daban, rozaban la muerte y solo cuando la niebla se apartaba y se lograban divisar los interminables precipicios a un lado y los profundos abismos al otro, podemos imaginar el alcance del peligro que siempre rodeó a Alexander von Humboldt durante los cinco años que duró su paso por territorio americano.

Una vez más nos asombró la conspiración de innumerables condiciones y fuerzas que trabajaron para que esta expedición llegara, con sus ideas, especies, herbarios, observaciones y conclusiones a los oídos de otros intelectuales, científicos, poetas, artistas, filósofos y académicos que siguieron construyendo, sobre el legado de Humboldt, el conocimiento y las teorìas que hoy son el fundamento de la visión con la que intentamos comprender la realidad que nos rodea.

Quiero terminar esta primera parte de la reseña del libro de Andrea Wulf, La Invención de la Naturaleza, con una vivencia imaginaria de un cuadro pintado con la cacofonía conformada por un evento de sucesos que se inicia con los cantos silvestres de decenas de pájaros tropicales invisibles a los ojos, que con sus extraños y exóticos sonidos materializan su existencia y transmiten exuberancia y diversidad, para luego ser momentáneamente silenciados por la algarabía que produce la huida y los gritos ensordecedores de un mico perseguido por un jaguar, quienes en su lucha frenética por la supervivencia aplastan plantas, trepan troncos, saltan charcos durante segundos, y finalmente dan paso casi instantáneamente a un silencio pasajero donde solo la oscuridad de una noche iluminada por miles de estrellas cintilantes en el firmamento parecieran tener movimiento.

Poco a poco un pájaro vuelve a cantar y otros lo  siguen, recreando nuevamente el círculo que la naturaleza, desde mucho antes que nosotros nos eleváramos a bípedos, forma alrededor de todo lo visible e invisible.

La Iluminación de seres que complementan el conocimiento adquirido a través de la rigurosidad del método científico con la sensibilidad y el arte se perdió en algún momento en los inicios del SXX.
Hoy el intelectual no filósofo debe dejar atrás toda apreciación personal en el curso de sus investigaciones, teorías y conclusiones.

Tal vez fue ahí, en ese momento de la historia, cuando el homus daticus le ganó la partida a la visión global y unificadora de hombres como Humboldt, quien siempre creyó en la humanización del conocimiento.

Catalina López, mayo de 2020


Frankenstein -Mary Shelly



En un laboratorio, un científico realiza un experimento clandestino, con resultados asombrosos. Quiere hacer algo grandioso por y para la humanidad. También busca obtener reconocimiento y fama. A pesar del éxito inicial, ni el científico ni su obra saben cómo reaccionar y ambos huyen tratando de ignorar las consecuencias de haber manipulado material sensible.

Las personas observan con horror y luego reaccionan con violencia a la presencia del que pudiera convertirse en el vector decisivo del origen de un cambio sin precedentes en la historia de la humanidad. Si el científico hubiera hablado a tiempo, si hubiera dado a conocer lo que realizaba puertas adentro de su laboratorio, si las ansias de poder y de fama no lo hubieran cegado y si las personas hubieran sabido que algo creado en un laboratorio iba a afectarlos de esa forma, seguramente se hubiesen podido evitar las muertes que se sucedieron. Sin embargo, nadie estaba preparado para hacerle frente.

Un experimento puede cambiar el mundo. De hecho, la búsqueda del conocimiento es la génesis de la transformación del mundo, pero, esa búsqueda inherente al hombre, a todos los hombres de todos los tiempos... ¿tiene límites? Y si la respuesta es positiva, ¿quién los fija? Y si a pesar de faltar una regulación taxativa, expresa y concreta que limite las fronteras, esos topes éticamente subjetivos, se quiebran y afectan a amplios sectores de la humanidad...¿quién es responsable? Y ¿quién puede juzgar y definir el alcance de esa responsabilidad?

En el fondo de la apasionante lectura de esta semana subyacen varias preguntas intrincadas y de respuesta aún mas compleja: “Aprenda de mí, si no por mis advertencias, sí al menos por mi ejemplo lo peligroso de adquirir conocimientos; aprenda cuánto más feliz es el hombre que considera su ciudad natal el centro del universo, que aquel que aspira a una mayor grandeza de la que le permite su naturaleza”, así reflexiona Víctor en el ocaso inminente de su vida.


Algo falló en el experimento, la desesperación, la ansiedad, la enfermedad y las muerte consecuentes así lo manifiestan y me pregunto si lo que falló fue el experimento, o fueron la falta de previsión, la negligencia y la falta de cuidado del experimentador? ¿Y al final no resulta todo siendo lo mismo? ¿Es decir, los fallos del experimento y del científico no se confunden en la esencia?

La ciencia es responsable de las consecuencias que previó pero también de las que no previó... o son los científicos, o es el estado o son las personas?

¿Qué tiene para decirnos una autora joven, de 18 años, al respecto?

Por otro lado, analizamos y concluimos, en nuestra reunión de Aves del Paraíso, que ni el conocimiento ni la tecnología son el monstruo, tampoco la criatura que nació como consecuencia de abrogarse el don de la regeración de la vida; el verdadero monstruo no es evidente y como ocurre casi siempre, el monstruo engaña y se oculta, es invisible o juega con su buena apariencia,  muta, es educado, convincente y sutil. Y es tan hábil que hace pasar las monstruosidades por situaciones justificadas, cuando no ignoradas, y a veces hasta merecidas. El monstruo es quien elude su papel en el entramado de las cosas.

Todo esto y más lo narra Mary Shelley de forma magistral en un relato que escribió hace 200 años y que la cultura popular y Hollywood, se  encargaron de destrozar hasta hacerlo irreconocible y poco apetecible.

Creyeron que estaba hablando de otra cosa... pues...

Nunca imaginamos que la historia del Moderno Prometeo fuera a ser tan envolvente en tantos sentidos: es una historia gótica, pero también filosófica, ética, de venganza sin límites, de injusticias legales, de viajes para olvidar obsesiones y recobrar el equilibrio, de paisajes lúgubres, de asesinatos premeditados, de crecimiento, de anhelos poderosos  y deseos aplazados, de fronteras del conocimiento, de montañas escarpadas y de odios cegadores, de naturaleza abrupta, de maldad aprendida y bondad inocente, de paraísos perdidos e infiernos labrados. Pero sobre todo de la vida y la muerte y de lo que sucede entre esas dos palabras. Asombra y maravilla que una joven de 18 años hace dos siglos hubiera escrito estas complejidades filosóficas y éticas sobre la tecnología, mismas que aún hoy nos siguen desvelando en las noches lúgubres de profundas reflexiones.

1816 fue y es conocido como el año sin verano, debido a que la erupción del Tambora en Indonesia esparció cenizas por todo el mundo, ocultando al sol por mas de doce meses. Ese verano oscuro y frío obligó a las personas al encierro y al aislamiento en pequeños grupos. Una de esas noches de tertulia y reflexión, después de muchos cuentos y lecturas de terror y monstruos, Shelley vio, soñó y escribió Frankenstein o el Moderno Prometeo, la maravillosa novela sobre una criatura que busca, a cualquier costo, el afecto y contacto con los demás.



2020 es y será recordado por ser el año que vivimos sin contacto social debido a que la explosión del coronavirus en China esparció muerte y enfermedad  a todos los confines de la tierra. Agobiados por las noticias pero esperanzados en futuros tratamientos y vacunas, recomiendo leer y disfrutar a Mary Shelley, al mismo tiempo que seguimos viviendo y escribiendo sobre La Cuarentena o el Aislamiento Preventivo, la impensada situación sobre un virus que nos obligó al confinamiento y a la separación de los demás por encima de todas las cosas.

Catalina López, abril 29 de 2020

Las Bellas Extranjeras de Mircea Cărtărescu

 El libro que escogimos para agosto de 2022 es uno diferente a los que acostumbramos leer en el grupo. Aunque, pensándolo bien, no existe un...