Yo lo leí, yo lo viví.
Se creía que el Chimborazo, volcán inactivo de Ecuador, era la montaña más alta del mundo, y claro, Humboldt quería ser el primero en escalarla para observar, medir y pintar todo lo que allí crecía, vivía y se movía. Quiso sentirla. Nosotras lo acompañamos, ascendimos junto a él, le dimos aliento para que conquistara la cima, fuimos testigos de su entusiasmo y vimos el cuidado con el cual abría los estuches de los instrumentos que iba necesitando para sus mediciones; lo observamos leer con meticulosidad la humedad, la composición del aire, el punto de ebullición, la posición de las estrellas o de las nebulosas y desentrañar las capas geológicas de una zona, para estudiarlas con su microscopio, telescopio, el altímetro, el termómetro o el barómetro. También estuvimos cuando, para nuestra sorpresa, pateó varias rocas por la ladera para ver hasta donde rodaban...quién sabe en qué dirección estaba trabajando su mente esa tarde en el Chimborazo.
Quería descubrir los secretos de la montaña, saberlo todo, apuntarlo todo, registrarlo todo. Sin embargo, estando a escasos trescientos metros de la majestuosa cúpula, el terreno mostró una enorme grieta imposible de cruzar, era una grieta demasiado grande y ancha. Humboldt no estaba en su mejor condición, sufría de vértigo, tenía los pies y las manos adormecidos, una infección que no sanaba, y los zapatos gastados; vimos que corría peligro su vida, sangraba y mostraba los efectos del mal de altura; entonces, a casi 6000 metros, decide no continuar.
Una revelación que cambia la vida puede llegar en cualquier momento y a Humboldt le llegó justo ahí, observando la montaña, lo que en ella crecía y vivía y todo lo que estaba alrededor y más abajo. Y entonces, todo lo que había medido, dibujado y estudiado, se conectó. Su mente se iluminó con la luz que se enciende en quienes son los elegidos para descorrer el velo que cubre las cosas que necesitan ser reveladas, el velo que siempre ha estado, pero que nadie más ve. Todo estaba allí, plantas, altura, animales, clima, zonas, la interdependencia, la conexión, las relaciones, el fundamento, los sistemas, la diversidad, la cadena....pero nadie lo había unido. Si Humboldt no lo hubiera dicho, más tarde alguien lo hubiera hecho, pero no de la forma tan sublime en que él describió, ilustró y mostró la unidad de la naturaleza. Por increíble que parezca, hicieron falta muchas expediciones, muchos exploradores, muchos estudios y muchas versiones para llegar a este concepto. Era necesario que ésta y no otra versión fuera la que el mundo oyera. Era necesario que alguien como él relacionara lo que sucedía en las montañas y volcanes de los Alpes, los Andes y los Urales.
Cuando la expedición llega a su fin, Humboldt decide hacer de París el lugar perfecto para divulgar su nuevo concepto de ‘La unidad en la naturaleza’. Para conquistar la Ciudad Luz cuenta con una valiosa carga de baúles llenos de muestras, herbarios, colecciones de insectos, anécdotas, estudios, descubrimientos y anotaciones. En los círculos cultos de Europa la versión aceptada hasta ese momento hablaba de una América poco desarrollada, sin especies de gran tamaño, de muy poco interés para la ciencia. Plantas, animales y seres se habían quedado en una etapa subnormal de desarrollo, se oía decir a los académicos.
“El Nuevo Mundo era inferior al Viejo, afirmaba Buffon en la obra de historia natural más leída de la segunda mitad del siglo. Según él, las plantas, los animales e incluso las personas en el Nuevo Mundo eran más pequeños y débiles. No había grandes mamíferos ni gente civilizada, e incluso, los salvajes eran «endebles».
Humboldt, por el contrario, propone una narrativa diferente sobre el continente americano. Y mientras escribe y publica sus Crónicas, Narrativas y Ensayos ya sea en series o tomos individuales, en formatos valiosos y exclusivos o populares y baratos, también dicta conferencias sobre la Naturaleza. Se dedica a conquistar a Europa, a interesar a intelectuales, científicos, filósofos, ancianos ilustres y a jóvenes estudiantes, con las descripciones y las ilustraciones de las especies nuevas de plantas y animales coleccionadas durante su travesía de cinco años por esta parte del mundo. En las conferencias las palabras se le atropellan a una velocidad asombrosa y con un entusiasmo pocas veces visto, asombra al público con la descripción de un mundo que hasta ese momento había permanecido en la oscuridad total para la gente común, un mundo que había despertado muy poco interés en los círculos catedráticos.
Él inventó la naturaleza, porque aunque los españoles llevaban más de trescientos años en América, ningún europeo había visto el continente con los ojos de Humboldt. La gente abarrotaba los salones parisinos, hacían fila y exigían su presencia todas las noches; él saltaba de sitio en sitio, de salón en salón, dictando hasta cuatro conferencias en una misma noche: era el acontecimiento de la ciudad, lo que nadie se podía perder. Humboldt los hipnotizaba describiendo animales totalmente desconocidos, se emocionaba recordando los pájaros de cantos estremecedores, los insectos de formas tan variados que solo los dibujos acreditaban la veracidad de lo que contaba, les hablaba de reptiles monstruosos por su tamaño, mortíferos en su abrazo y de colores tan atractivos que era casi imposible dejar de observarlos. En sus mentes, los asistentes iban inventando imágenes de lo narrado, paisajes con plantas y animales exóticos viviendo en un mundo lejano y desconocido. Así los hechizaba.
Y así nos hechizó a nosotras. En Mayo de 2020 escalamos, trepamos, medimos, apuntamos y dibujamos el Vesubio, los Apeninos, los Urales y por supuesto Los Andes y los Alpes. Todavía no sé como hicimos tanto en tan poco tiempo. Mientras miles de millones de personas alrededor del mundo estaban confinadas en sus casas, atrapadas en sus quehaceres cotidianos, nosotras nos dimos el lujo de navegar por ríos turbulentos y mares tropicales de aguas cálidas y transparentes; de conocer y cenar con Jefferson y admirar la democracia naciente del país del norte, pero también de bailar con Bolívar y de alentar una revolución y una liberación; de sufrir mareos terribles, cansancio, y algunas picaduras. Aprendimos que el azul del cielo se puede medir, que Humboldt educó a los europeos sobre América y que él fue el primero en encontrar un diamante en Los Urales, no por casualidad, sino basado en predicciones fundamentadas en estudios y comparaciones geológicas de terrenos similares a miles de km de distancia.
Durante ese mes llenamos baúles con los objetos más inverosímiles: rocas recién expulsadas por la erupción de un volcán en Ecuador para compararlas con las del Vesubio, helechos de tamaños jurásicos, especies de animales desconocidas en el viejo continente, flores prensadas entre hojas de libros, muestras de las profundidades de minas en Siberia, de números correspondientes a las mediciones de la calidad de aire a 7000 metros de altura. Con Humboldt ascendimos en globo aerostático sobre París, bajamos en una campana de aire para revisar las obras que se estaban construyendo bajo el Támesis, cenamos con el presidente Jefferson en Monticello y pedimos financiación al Zar de Rusia para viajar hasta los confines de su imperio. ¡Qué días! ¡Qué mes!
De mis compañeras de viaje sé que algunas están profundizando aspectos de la técnica de ilustración de Humboldt para aplicarlas en sus hermosas creaciones; otras quieren investigar más sobre los años mozos de Bolívar, alguna ha vuelto a leer poemas de Whitman sobre la naturaleza con renovado interés, otras empezaremos, hojearemos o terminaremos Cosmos o Narrativa Personal y todas sin duda, miraremos con los ojos prestados de Humboldt, la naturaleza que nos rodea.
Andrea Wulf hace un trabajo maravilloso al replantear la estatura inconmensurable del genio prusiano que transformó la visión de la naturaleza y que influyó en personajes de la talla de Goethe, Muir, Schiller, Waldo Emerson, Walt Whiltman, Thoreau y Charles Darwin. Su visión de la naturaleza, de las fuerzas que influyen y modifican el ambiente, el clima y las civilizaciones fue devorada por reyes, filósofos, presidentes, científicos de todas las disciplinas, jóvenes brillantes, mujeres curiosas, pintores y académicos. Para nosotras fue un viaje exótico y revelador. La Invención de la Naturaleza es eso y mucho más. Alexander Von Humboldt es una figura inmensa, el último hombre del Renacimiento, un hombre de la Ilustración, el primer divulgador que usó medios masivos y un Romántico que vio en la humanidad una fuerza poderosa capaz de modificar la naturaleza, el paisaje y el clima.
Después de leer este libro, Humboldt pasa a ocupar un lugar privilegiado en el Olimpo de los hombres sabios que nos hacen recuperar la confianza, perdida tan a menudo, en la especie a la que pertenecemos.
Catalina López
Se creía que el Chimborazo, volcán inactivo de Ecuador, era la montaña más alta del mundo, y claro, Humboldt quería ser el primero en escalarla para observar, medir y pintar todo lo que allí crecía, vivía y se movía. Quiso sentirla. Nosotras lo acompañamos, ascendimos junto a él, le dimos aliento para que conquistara la cima, fuimos testigos de su entusiasmo y vimos el cuidado con el cual abría los estuches de los instrumentos que iba necesitando para sus mediciones; lo observamos leer con meticulosidad la humedad, la composición del aire, el punto de ebullición, la posición de las estrellas o de las nebulosas y desentrañar las capas geológicas de una zona, para estudiarlas con su microscopio, telescopio, el altímetro, el termómetro o el barómetro. También estuvimos cuando, para nuestra sorpresa, pateó varias rocas por la ladera para ver hasta donde rodaban...quién sabe en qué dirección estaba trabajando su mente esa tarde en el Chimborazo.
Quería descubrir los secretos de la montaña, saberlo todo, apuntarlo todo, registrarlo todo. Sin embargo, estando a escasos trescientos metros de la majestuosa cúpula, el terreno mostró una enorme grieta imposible de cruzar, era una grieta demasiado grande y ancha. Humboldt no estaba en su mejor condición, sufría de vértigo, tenía los pies y las manos adormecidos, una infección que no sanaba, y los zapatos gastados; vimos que corría peligro su vida, sangraba y mostraba los efectos del mal de altura; entonces, a casi 6000 metros, decide no continuar.
Una revelación que cambia la vida puede llegar en cualquier momento y a Humboldt le llegó justo ahí, observando la montaña, lo que en ella crecía y vivía y todo lo que estaba alrededor y más abajo. Y entonces, todo lo que había medido, dibujado y estudiado, se conectó. Su mente se iluminó con la luz que se enciende en quienes son los elegidos para descorrer el velo que cubre las cosas que necesitan ser reveladas, el velo que siempre ha estado, pero que nadie más ve. Todo estaba allí, plantas, altura, animales, clima, zonas, la interdependencia, la conexión, las relaciones, el fundamento, los sistemas, la diversidad, la cadena....pero nadie lo había unido. Si Humboldt no lo hubiera dicho, más tarde alguien lo hubiera hecho, pero no de la forma tan sublime en que él describió, ilustró y mostró la unidad de la naturaleza. Por increíble que parezca, hicieron falta muchas expediciones, muchos exploradores, muchos estudios y muchas versiones para llegar a este concepto. Era necesario que ésta y no otra versión fuera la que el mundo oyera. Era necesario que alguien como él relacionara lo que sucedía en las montañas y volcanes de los Alpes, los Andes y los Urales.
Cuando la expedición llega a su fin, Humboldt decide hacer de París el lugar perfecto para divulgar su nuevo concepto de ‘La unidad en la naturaleza’. Para conquistar la Ciudad Luz cuenta con una valiosa carga de baúles llenos de muestras, herbarios, colecciones de insectos, anécdotas, estudios, descubrimientos y anotaciones. En los círculos cultos de Europa la versión aceptada hasta ese momento hablaba de una América poco desarrollada, sin especies de gran tamaño, de muy poco interés para la ciencia. Plantas, animales y seres se habían quedado en una etapa subnormal de desarrollo, se oía decir a los académicos.
“El Nuevo Mundo era inferior al Viejo, afirmaba Buffon en la obra de historia natural más leída de la segunda mitad del siglo. Según él, las plantas, los animales e incluso las personas en el Nuevo Mundo eran más pequeños y débiles. No había grandes mamíferos ni gente civilizada, e incluso, los salvajes eran «endebles».
Humboldt, por el contrario, propone una narrativa diferente sobre el continente americano. Y mientras escribe y publica sus Crónicas, Narrativas y Ensayos ya sea en series o tomos individuales, en formatos valiosos y exclusivos o populares y baratos, también dicta conferencias sobre la Naturaleza. Se dedica a conquistar a Europa, a interesar a intelectuales, científicos, filósofos, ancianos ilustres y a jóvenes estudiantes, con las descripciones y las ilustraciones de las especies nuevas de plantas y animales coleccionadas durante su travesía de cinco años por esta parte del mundo. En las conferencias las palabras se le atropellan a una velocidad asombrosa y con un entusiasmo pocas veces visto, asombra al público con la descripción de un mundo que hasta ese momento había permanecido en la oscuridad total para la gente común, un mundo que había despertado muy poco interés en los círculos catedráticos.
Él inventó la naturaleza, porque aunque los españoles llevaban más de trescientos años en América, ningún europeo había visto el continente con los ojos de Humboldt. La gente abarrotaba los salones parisinos, hacían fila y exigían su presencia todas las noches; él saltaba de sitio en sitio, de salón en salón, dictando hasta cuatro conferencias en una misma noche: era el acontecimiento de la ciudad, lo que nadie se podía perder. Humboldt los hipnotizaba describiendo animales totalmente desconocidos, se emocionaba recordando los pájaros de cantos estremecedores, los insectos de formas tan variados que solo los dibujos acreditaban la veracidad de lo que contaba, les hablaba de reptiles monstruosos por su tamaño, mortíferos en su abrazo y de colores tan atractivos que era casi imposible dejar de observarlos. En sus mentes, los asistentes iban inventando imágenes de lo narrado, paisajes con plantas y animales exóticos viviendo en un mundo lejano y desconocido. Así los hechizaba.
Y así nos hechizó a nosotras. En Mayo de 2020 escalamos, trepamos, medimos, apuntamos y dibujamos el Vesubio, los Apeninos, los Urales y por supuesto Los Andes y los Alpes. Todavía no sé como hicimos tanto en tan poco tiempo. Mientras miles de millones de personas alrededor del mundo estaban confinadas en sus casas, atrapadas en sus quehaceres cotidianos, nosotras nos dimos el lujo de navegar por ríos turbulentos y mares tropicales de aguas cálidas y transparentes; de conocer y cenar con Jefferson y admirar la democracia naciente del país del norte, pero también de bailar con Bolívar y de alentar una revolución y una liberación; de sufrir mareos terribles, cansancio, y algunas picaduras. Aprendimos que el azul del cielo se puede medir, que Humboldt educó a los europeos sobre América y que él fue el primero en encontrar un diamante en Los Urales, no por casualidad, sino basado en predicciones fundamentadas en estudios y comparaciones geológicas de terrenos similares a miles de km de distancia.
Durante ese mes llenamos baúles con los objetos más inverosímiles: rocas recién expulsadas por la erupción de un volcán en Ecuador para compararlas con las del Vesubio, helechos de tamaños jurásicos, especies de animales desconocidas en el viejo continente, flores prensadas entre hojas de libros, muestras de las profundidades de minas en Siberia, de números correspondientes a las mediciones de la calidad de aire a 7000 metros de altura. Con Humboldt ascendimos en globo aerostático sobre París, bajamos en una campana de aire para revisar las obras que se estaban construyendo bajo el Támesis, cenamos con el presidente Jefferson en Monticello y pedimos financiación al Zar de Rusia para viajar hasta los confines de su imperio. ¡Qué días! ¡Qué mes!
De mis compañeras de viaje sé que algunas están profundizando aspectos de la técnica de ilustración de Humboldt para aplicarlas en sus hermosas creaciones; otras quieren investigar más sobre los años mozos de Bolívar, alguna ha vuelto a leer poemas de Whitman sobre la naturaleza con renovado interés, otras empezaremos, hojearemos o terminaremos Cosmos o Narrativa Personal y todas sin duda, miraremos con los ojos prestados de Humboldt, la naturaleza que nos rodea.
Andrea Wulf hace un trabajo maravilloso al replantear la estatura inconmensurable del genio prusiano que transformó la visión de la naturaleza y que influyó en personajes de la talla de Goethe, Muir, Schiller, Waldo Emerson, Walt Whiltman, Thoreau y Charles Darwin. Su visión de la naturaleza, de las fuerzas que influyen y modifican el ambiente, el clima y las civilizaciones fue devorada por reyes, filósofos, presidentes, científicos de todas las disciplinas, jóvenes brillantes, mujeres curiosas, pintores y académicos. Para nosotras fue un viaje exótico y revelador. La Invención de la Naturaleza es eso y mucho más. Alexander Von Humboldt es una figura inmensa, el último hombre del Renacimiento, un hombre de la Ilustración, el primer divulgador que usó medios masivos y un Romántico que vio en la humanidad una fuerza poderosa capaz de modificar la naturaleza, el paisaje y el clima.
Después de leer este libro, Humboldt pasa a ocupar un lugar privilegiado en el Olimpo de los hombres sabios que nos hacen recuperar la confianza, perdida tan a menudo, en la especie a la que pertenecemos.
Catalina López






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