Hay reseñas que al escribirlas generan ansiedad por varios motivos. Uno, porque los comentarios que se puedan hacer sobre un clásico rara vez contienen elementos novedosos, generalmente son repeticiones de lo que escritores afamados y reconocidos han dicho con anterioridad. Y dos, porque es imposible estar a la altura de ciertos libros y sus autores. Por ejemplo acercarse a la obra de Gustave Flaubert, sabiendo que es el Maestro de la Palabra Exacta, que para escribir un párrafo que se acomodara con precisión quirúrgica a la sensación o a la situación que quería describir, se podía tardar semanas o quizás meses, produce una presión adicional sobre la conveniencia o inconveniencia de plasmar cada una de las palabras elegidas para realizar una reseña interesante. Flaubert no escribía, amputaba.
Así que esta empresa, esta reseña de Madame Bovary de Gustave Flaubert, será un acto de humildad y arrojo, con seguridad muy por debajo de lo que se merece el exponente mas determinado del Realismo literario del siglo XIX.
Tampoco quisiera extenderme mucho y la verdad no se como lo haré porque es un libro de capas, de simbolismos, de referencias y de mucha minuciosidad. No pretendo hacer un manual sobre cómo leer la novela. Mi intención es contar lo que aprendí leyéndola. Las claves que me ayudaron a disfrutarla. La minuciosidad y el detallismo, que a muchos puede desalentar y parecer aburrida, tienen una razón específica para estar ahí.
Nada de lo que escribe Flaubert es gratuito o sobra. Todo, hasta lo mas banal y vacío, lleva sutilmente a explicar el carácter de una persona, la psicología de un protagonista, los ideales de una sociedad, la mezquindad de alguien, las pequeñeces de los seres humanos, la pasión de una pareja... todo lo que escribe y describe debe mirarse con lupa, preguntarse por qué está ahí y qué significado puede tener en el contexto del libro. Leerlo es como jugar al detective; no hay cadáver, pero si hay un poco de misterio; no hay una trama explícita, pero si hay hechos y situaciones que van tejiendo la vida; y lo mas importante, no hay juicios ni responsabilidades morales. Hay que estar atento porque hasta el nombre de una mascota puede estar en clave y significar admiración y reconocimiento implícito a un escritor o personaje de otro libro.
Por lo tanto, una mentalidad detectivesca y analítica será muy útil si, luego de ojear esta reseña, usted decide leer Madame Bovary. Tenga a mano papel y lápiz, resaltador, internet; ármese de muchas herramientas porque este clásico no es básico. No será fácil, no lo sentirá cercano al siglo XXI (aparentemente), no habrá simpatías por ningún personaje, tampoco empatía; si acaso, algo de compasión, incluso ansiedad y hasta animadversión hacia alguno de los personajes, entre los que estará, sin duda, la protagonista.
Gócese la narración. Hágase una imagen mental con las descripciones del autor francés; cuanto más apegada esté su mente al texto, más fácil le será descubrir la intencionalidad de las palabras. No deseche nada, ni siquiera lo superfluo porque allí se encuentra la clave de la narración. Tenga presente que para muchos Madame Bovary le sigue al Quijote en la lista de lo mejor de la literatura universal. Y no es por eso que deba gustarle. No. Por esa razón, y aunque a algunos les resulten odiosas las listas, hay que dejarse envolver por el placer de estar ante una verdadera obra de arte, un relato sinfónico, un caleidoscopio de sensaciones olfativas, gustativas, visuales y sensuales como pocas veces se ha visto en las letras. Con este libro uno se crece como lector y como ser humano, pues en la base misma de la novela está la falta de moraleja, que es a la vez una moraleja, la ausencia, muy lograda, de juicio moral. Flaubert es un dios omnipresente despojado a propósito, de su calidad de juez. Él narra hechos. Sin valoraciones. Y de la desnudez de los hechos nos conduce a la desnudez del alma de los personajes.
No puedo odiar a Emma la protagonista aunque ese sea el sentimiento que me produjo en un principio. Y no la puedo odiar porque Stefan Zweig me lo impide. Les voy a contar por qué. Recuerdo con mucho cariño y emoción una de las primeras biografías que leí, la de María Antonieta, escrita por el austríaco antes mencionado. Y mientras leía a Madame Bovary, en el fondo de mi mente se iba haciendo cada vez mas presente y clara la figura histórica de María Antonieta.
Maria Antonieta, la Reina de Francia, nació para mi el día que abrí el libro escrito por Stefan Zweig. Ella fue creada con las palabras del austríaco, creció con las anécdotas y el estudio psicológico del autor, fue desacreditada por la debilidad y los excesos con que vivió su reinado, fue sentenciada, juzgada y reivindicada al momento de su muerte con y por las palabras con las cuales el escritor narra el encierro y la dignidad con que vivió sus últimos días. Zweig le dio la vida con la cual ella habita mi mente. Y mientras leía la historia de Madame Bovary, una historia de sensualidad, aburrimiento, adulterio, deseos nacidos de las semillas plantadas por los libros románticos de la época y sobre todo de insatisfacción, empiezo a ver la similitud con la vida de la Reina de Francia. A veces las confundo, las dos figuras se fusionan, se amalgaman y las enredo. María Antonieta y Emma son dos mujeres a quienes el destino cruel convirtió en famosas manipuladoras, dignas de los mas bajos epítetos a que una mujer ‘decente’ se pueda enfrentar. Hay muchas diferencias, siendo la mas evidente la dignidad y respeto que acompañan en la última etapa de su vida, camino a la guillotina a la reina, en contraposición al desprecio, los gritos, el dolor y el egoísmo con los que Flaubert reviste el suicidio no tan grandioso, de Emma. Tal vez son más las cosas que las separan que las que las unen, pero para mí son las coincidencias las que me animan a escribir estas líneas.
Mientras María Antonieta se aburre en su palacio, se disfraza de campesina, ordena construir un pueblo de labriegos, ordeña vacas y camina descalza, Emma vive en una granja, ordeña vacas y sueña con castillos, marqueses, balcones, cenas y zapatos de plumas y satín. Ambas recibieron una educación conservadora, marcada por la religión y el respeto a las buenas costumbres. Ambas fueron entregadas en matrimonio por sus padres. Sin embargo y a pesar de estar frente a un futuro aparentemente mejor, ambas desentonan, no armoniza con el destino que les toca en suerte, ambas se sienten ahogadas, constreñidas por el papel que representan. Paradójicamente y a pesar de las diferencias abismales e infranqueables de cuna, ambas comparten la tragedia de un final inesperado.
Hay días en que el destino pasea la vista por sus dominios y se empeña en recordarnos de quien es la mano que maneja la rueca. Aburrido de la mediocridad que divisa en todas partes, inicia con crueldad un juego sombrío. Escoge sin miramientos una o dos almas débiles, livianas e ingenuas para hacerlas protagonistas de una tragedia macabra de la cual no podrán escapar. Lo hace porque puede hacerlo. Solo para demostrar la nula capacidad que tenemos los humanos de cambiar el rumbo establecido. Entonces, a la luz de esta circunstancia, confieso que me es difícil no sentir una pizca de compasión por ambas mujeres, muñecas y títeres al vaivén de los deseos, los excesos y las pasiones que sienten y despiertan en otros más astutos, manipuladores y cínicos.
Al leer, busquen símbolos del sentimiento anticlerical del autor, de su burla a la sociedad burguesa, del deterioro moral de la protagonista, de la mediocridad de Charles, de la mezquindad del pueblo pequeño, del paso del tiempo, del vaticinio del final, de la falsedad y la burla de los títulos, del fetiche del escritor, del vacío y la ausencia que cubre todos los aspectos de la novela. Busquen el significado de un ramo de novia que se tira al fuego, de una torta nupcial que no es comestible, de una copa que se lleva a los labios sin tener la intención de beber, del vademecum jamás consultado de lomo desgastado que adorna la biblioteca de Charles Bovary, médico de ese villorio y sus cercanías. Busquen escenas sensuales y sexuales, donde no se menciona ni siquiera la palabra caricia; escenas camufladas tan sutilmente que, cuando uno las lee por primera vez, ni siquiera está seguro de haber leído algo erótico.
Busquen una sola descripción del carácter, la personalidad o la psicología de uno cualquiera de los personajes. Difícilmente la encontrarán porque el maestro del Realismo literario no describe la sordidez de Rodolphe, la muestra. No describe la sensualidad de Emma, la pinta. No describe la mediocridad de Charles, la detalla. No describe la manipulación del comerciante- prestamista, nos la pone delante una y otra vez. No describe el aburrimiento que envuelve a toda la sociedad, logra que lo sintamos. No describe la insatisfacción de quien espera que algo extraordinario suceda en su vida, hace que la percibamos. Flaubert eleva todo lo mundano y vulgar que hace de Yonville el “pueblo pequeño infierno grande” a la categoría de prosa poética sin emitir un solo juicio moral, ni enrostrarle a nadie la responsabilidad en el devenir de los hechos.
Pero hay más, pues a través de esas mismas situaciones logra iluminar los rincones más sórdidos de las almas de estos pueblerinos que se parecen tanto a nosotros. Y todo lo anterior lo hace con un toque espléndido y sutil de ironía y crítica. El Maestro de la Palabra Exacta.
Catalina López
Así que esta empresa, esta reseña de Madame Bovary de Gustave Flaubert, será un acto de humildad y arrojo, con seguridad muy por debajo de lo que se merece el exponente mas determinado del Realismo literario del siglo XIX.
Tampoco quisiera extenderme mucho y la verdad no se como lo haré porque es un libro de capas, de simbolismos, de referencias y de mucha minuciosidad. No pretendo hacer un manual sobre cómo leer la novela. Mi intención es contar lo que aprendí leyéndola. Las claves que me ayudaron a disfrutarla. La minuciosidad y el detallismo, que a muchos puede desalentar y parecer aburrida, tienen una razón específica para estar ahí.
Nada de lo que escribe Flaubert es gratuito o sobra. Todo, hasta lo mas banal y vacío, lleva sutilmente a explicar el carácter de una persona, la psicología de un protagonista, los ideales de una sociedad, la mezquindad de alguien, las pequeñeces de los seres humanos, la pasión de una pareja... todo lo que escribe y describe debe mirarse con lupa, preguntarse por qué está ahí y qué significado puede tener en el contexto del libro. Leerlo es como jugar al detective; no hay cadáver, pero si hay un poco de misterio; no hay una trama explícita, pero si hay hechos y situaciones que van tejiendo la vida; y lo mas importante, no hay juicios ni responsabilidades morales. Hay que estar atento porque hasta el nombre de una mascota puede estar en clave y significar admiración y reconocimiento implícito a un escritor o personaje de otro libro.
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| Borrador de una página escrita por Gustave Flaubert |
Gócese la narración. Hágase una imagen mental con las descripciones del autor francés; cuanto más apegada esté su mente al texto, más fácil le será descubrir la intencionalidad de las palabras. No deseche nada, ni siquiera lo superfluo porque allí se encuentra la clave de la narración. Tenga presente que para muchos Madame Bovary le sigue al Quijote en la lista de lo mejor de la literatura universal. Y no es por eso que deba gustarle. No. Por esa razón, y aunque a algunos les resulten odiosas las listas, hay que dejarse envolver por el placer de estar ante una verdadera obra de arte, un relato sinfónico, un caleidoscopio de sensaciones olfativas, gustativas, visuales y sensuales como pocas veces se ha visto en las letras. Con este libro uno se crece como lector y como ser humano, pues en la base misma de la novela está la falta de moraleja, que es a la vez una moraleja, la ausencia, muy lograda, de juicio moral. Flaubert es un dios omnipresente despojado a propósito, de su calidad de juez. Él narra hechos. Sin valoraciones. Y de la desnudez de los hechos nos conduce a la desnudez del alma de los personajes.
No puedo odiar a Emma la protagonista aunque ese sea el sentimiento que me produjo en un principio. Y no la puedo odiar porque Stefan Zweig me lo impide. Les voy a contar por qué. Recuerdo con mucho cariño y emoción una de las primeras biografías que leí, la de María Antonieta, escrita por el austríaco antes mencionado. Y mientras leía a Madame Bovary, en el fondo de mi mente se iba haciendo cada vez mas presente y clara la figura histórica de María Antonieta.
Maria Antonieta, la Reina de Francia, nació para mi el día que abrí el libro escrito por Stefan Zweig. Ella fue creada con las palabras del austríaco, creció con las anécdotas y el estudio psicológico del autor, fue desacreditada por la debilidad y los excesos con que vivió su reinado, fue sentenciada, juzgada y reivindicada al momento de su muerte con y por las palabras con las cuales el escritor narra el encierro y la dignidad con que vivió sus últimos días. Zweig le dio la vida con la cual ella habita mi mente. Y mientras leía la historia de Madame Bovary, una historia de sensualidad, aburrimiento, adulterio, deseos nacidos de las semillas plantadas por los libros románticos de la época y sobre todo de insatisfacción, empiezo a ver la similitud con la vida de la Reina de Francia. A veces las confundo, las dos figuras se fusionan, se amalgaman y las enredo. María Antonieta y Emma son dos mujeres a quienes el destino cruel convirtió en famosas manipuladoras, dignas de los mas bajos epítetos a que una mujer ‘decente’ se pueda enfrentar. Hay muchas diferencias, siendo la mas evidente la dignidad y respeto que acompañan en la última etapa de su vida, camino a la guillotina a la reina, en contraposición al desprecio, los gritos, el dolor y el egoísmo con los que Flaubert reviste el suicidio no tan grandioso, de Emma. Tal vez son más las cosas que las separan que las que las unen, pero para mí son las coincidencias las que me animan a escribir estas líneas.
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| La reina María Antonieta de Francia en la corte |
Hay días en que el destino pasea la vista por sus dominios y se empeña en recordarnos de quien es la mano que maneja la rueca. Aburrido de la mediocridad que divisa en todas partes, inicia con crueldad un juego sombrío. Escoge sin miramientos una o dos almas débiles, livianas e ingenuas para hacerlas protagonistas de una tragedia macabra de la cual no podrán escapar. Lo hace porque puede hacerlo. Solo para demostrar la nula capacidad que tenemos los humanos de cambiar el rumbo establecido. Entonces, a la luz de esta circunstancia, confieso que me es difícil no sentir una pizca de compasión por ambas mujeres, muñecas y títeres al vaivén de los deseos, los excesos y las pasiones que sienten y despiertan en otros más astutos, manipuladores y cínicos.
Al leer, busquen símbolos del sentimiento anticlerical del autor, de su burla a la sociedad burguesa, del deterioro moral de la protagonista, de la mediocridad de Charles, de la mezquindad del pueblo pequeño, del paso del tiempo, del vaticinio del final, de la falsedad y la burla de los títulos, del fetiche del escritor, del vacío y la ausencia que cubre todos los aspectos de la novela. Busquen el significado de un ramo de novia que se tira al fuego, de una torta nupcial que no es comestible, de una copa que se lleva a los labios sin tener la intención de beber, del vademecum jamás consultado de lomo desgastado que adorna la biblioteca de Charles Bovary, médico de ese villorio y sus cercanías. Busquen escenas sensuales y sexuales, donde no se menciona ni siquiera la palabra caricia; escenas camufladas tan sutilmente que, cuando uno las lee por primera vez, ni siquiera está seguro de haber leído algo erótico.
Busquen una sola descripción del carácter, la personalidad o la psicología de uno cualquiera de los personajes. Difícilmente la encontrarán porque el maestro del Realismo literario no describe la sordidez de Rodolphe, la muestra. No describe la sensualidad de Emma, la pinta. No describe la mediocridad de Charles, la detalla. No describe la manipulación del comerciante- prestamista, nos la pone delante una y otra vez. No describe el aburrimiento que envuelve a toda la sociedad, logra que lo sintamos. No describe la insatisfacción de quien espera que algo extraordinario suceda en su vida, hace que la percibamos. Flaubert eleva todo lo mundano y vulgar que hace de Yonville el “pueblo pequeño infierno grande” a la categoría de prosa poética sin emitir un solo juicio moral, ni enrostrarle a nadie la responsabilidad en el devenir de los hechos.
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| Gustave Flaubert |
Catalina López







A mi me pareció aburrido el libro, sin quitarle su importancia a nivel universal. Me interesó el que Flaubert se hubiera inspirado en tres historias de mujeres reales para escribir su novela, también el que una enfermedad que consiste en la insatisfacción crónica producida por el contraste entre ilusión y realidad se llame Bovarismo. Me gustó la importancia dada, no gratuitamente, a los espacios, las ciudades, las casas, los castillos, el cuarto de Emma, las ventanas. "La ventana en provincias, sustituye los teatros y al paseo".
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