jueves, 11 de junio de 2020

Madame Bovary - Gustave Flaubert

Hay reseñas que al escribirlas generan ansiedad por varios motivos. Uno, porque los comentarios que se puedan hacer sobre un clásico rara vez contienen elementos novedosos, generalmente son repeticiones de lo que escritores afamados y reconocidos han dicho con anterioridad. Y dos, porque es imposible estar a la altura de ciertos libros y sus autores. Por ejemplo acercarse a la obra de Gustave Flaubert, sabiendo que es el Maestro de la Palabra Exacta, que para escribir un párrafo que se acomodara con precisión quirúrgica a la sensación o a la situación que quería describir, se podía tardar semanas o quizás meses, produce una presión adicional sobre la conveniencia o inconveniencia de plasmar cada una de las palabras elegidas para realizar una reseña interesante. Flaubert no escribía, amputaba.


Así que esta empresa, esta reseña de Madame Bovary de Gustave Flaubert, será un acto de humildad y arrojo, con seguridad muy por debajo de lo que se merece el exponente mas determinado del Realismo literario del siglo XIX.

Tampoco quisiera extenderme mucho y la verdad no se como lo haré porque es un libro de capas, de simbolismos, de referencias y de mucha minuciosidad. No pretendo hacer un manual sobre cómo leer la novela. Mi intención es contar lo que aprendí leyéndola. Las claves que me ayudaron a disfrutarla. La minuciosidad y el detallismo, que a muchos puede desalentar y parecer aburrida, tienen una razón específica para estar ahí.


Nada de lo que escribe Flaubert es gratuito o sobra. Todo, hasta lo mas banal y vacío, lleva sutilmente a explicar el carácter de una persona, la psicología de un protagonista, los ideales de una sociedad, la mezquindad  de alguien, las pequeñeces de los seres humanos, la pasión de una pareja... todo lo que escribe y describe debe mirarse con lupa, preguntarse por qué está ahí y qué significado puede tener en el contexto del libro. Leerlo es como jugar al detective; no hay cadáver, pero si hay un poco de misterio; no hay una trama explícita, pero si hay hechos y situaciones que van tejiendo la vida; y lo mas importante, no hay juicios ni responsabilidades morales. Hay que estar atento porque hasta el nombre de una mascota puede estar en clave y significar admiración y reconocimiento implícito a un escritor o personaje de otro libro.

Borrador de una página escrita por Gustave Flaubert
Por lo tanto, una mentalidad detectivesca y analítica será muy útil si, luego de ojear esta reseña, usted decide leer Madame Bovary. Tenga a mano papel y lápiz, resaltador, internet; ármese de muchas herramientas porque este clásico no es básico. No será fácil, no lo sentirá cercano al siglo XXI (aparentemente), no habrá simpatías por ningún personaje, tampoco empatía; si acaso, algo de compasión, incluso ansiedad y hasta animadversión hacia alguno de los personajes, entre los que estará, sin duda, la protagonista.

Gócese la narración. Hágase una imagen mental con las descripciones del autor francés; cuanto más apegada esté su mente al texto, más fácil le será descubrir la intencionalidad de las palabras. No deseche nada, ni siquiera lo superfluo porque allí se encuentra la clave de la narración. Tenga presente que para muchos Madame Bovary le sigue al Quijote en la lista de lo mejor de la literatura universal. Y no es por eso que deba gustarle. No. Por esa razón, y aunque a algunos les resulten odiosas las listas, hay que dejarse envolver por el placer de estar ante una verdadera obra de arte, un relato sinfónico, un caleidoscopio de sensaciones olfativas, gustativas, visuales y sensuales como pocas veces se ha visto en las letras.  Con este libro uno se crece como lector y como ser humano, pues en la base misma de la novela está la falta de moraleja, que es a la vez una moraleja, la ausencia, muy lograda, de juicio moral. Flaubert es un dios omnipresente despojado a propósito, de su calidad de juez. Él narra hechos. Sin valoraciones. Y de la desnudez de los hechos nos conduce a la desnudez del alma de los personajes.


 No puedo odiar a Emma la protagonista aunque ese sea el sentimiento que me produjo en un principio. Y no la puedo odiar porque Stefan Zweig me lo impide. Les voy a contar por qué. Recuerdo con mucho cariño y emoción una de las primeras biografías que leí, la de María Antonieta, escrita por el austríaco antes mencionado. Y mientras leía a Madame Bovary, en el fondo de mi mente se iba haciendo cada vez mas presente y clara la figura histórica de María Antonieta.

Maria Antonieta, la Reina de Francia, nació para mi el día que abrí el libro escrito por Stefan Zweig. Ella fue creada con las palabras del austríaco, creció con las anécdotas y el estudio psicológico del autor, fue desacreditada por la debilidad y los excesos con que vivió su reinado, fue sentenciada, juzgada y reivindicada al momento de su muerte con y por las palabras con las cuales el escritor narra el encierro y la dignidad con que vivió sus últimos días. Zweig le dio la vida con la cual ella habita mi mente. Y mientras leía la historia de Madame Bovary, una historia de sensualidad, aburrimiento, adulterio, deseos nacidos de las semillas plantadas por los libros románticos de la época y sobre todo de insatisfacción, empiezo a ver la similitud con la vida de la Reina de Francia. A veces las confundo, las dos figuras se fusionan, se amalgaman y las enredo. María Antonieta y Emma son dos mujeres a quienes el destino cruel convirtió en famosas manipuladoras, dignas de los mas bajos epítetos a que una mujer ‘decente’ se pueda enfrentar. Hay muchas diferencias, siendo la mas evidente la dignidad y respeto que acompañan en la última etapa de su vida, camino a la guillotina a la reina, en contraposición al desprecio, los gritos, el dolor y el egoísmo con los que Flaubert reviste el suicidio no tan grandioso, de Emma. Tal vez son más las cosas que las separan que las que las unen, pero para mí son las coincidencias las que me animan a escribir estas líneas.

La reina María Antonieta de Francia en la corte
Mientras María Antonieta se aburre en su palacio, se disfraza de campesina, ordena construir un pueblo de labriegos, ordeña vacas y camina descalza, Emma vive en una granja, ordeña vacas y sueña con castillos, marqueses, balcones, cenas y zapatos de plumas y satín. Ambas recibieron una educación conservadora, marcada por la religión y el respeto a las buenas costumbres. Ambas fueron entregadas en matrimonio por sus padres. Sin embargo y a pesar de estar frente a un futuro aparentemente mejor, ambas desentonan, no armoniza con el destino que les toca en suerte, ambas se sienten ahogadas,  constreñidas por el  papel que representan. Paradójicamente y a pesar de las diferencias abismales e infranqueables de cuna, ambas comparten la tragedia de un final inesperado.

Hay días en que el destino pasea la vista por sus dominios y se empeña en recordarnos de quien es la mano que maneja la rueca. Aburrido de la mediocridad que divisa en todas partes, inicia con crueldad un juego sombrío. Escoge sin miramientos una o dos almas débiles, livianas e ingenuas para hacerlas protagonistas de una tragedia macabra de la cual no podrán escapar. Lo hace porque puede hacerlo. Solo para demostrar la nula capacidad que tenemos los humanos de cambiar el rumbo establecido. Entonces, a la luz de esta circunstancia, confieso que me es difícil no sentir una pizca de compasión por ambas mujeres, muñecas y títeres al vaivén de los deseos, los excesos y las pasiones que sienten y despiertan en otros más astutos, manipuladores y cínicos.

Al leer, busquen símbolos del sentimiento anticlerical del autor, de su burla a la sociedad burguesa, del deterioro moral de la protagonista, de la mediocridad de Charles, de la mezquindad del pueblo pequeño, del paso del tiempo, del vaticinio del final, de la falsedad y la burla de los títulos, del fetiche del escritor, del vacío y la ausencia que cubre todos los aspectos de la novela. Busquen el significado de un ramo de novia que se tira al fuego, de una torta nupcial que no es comestible, de una copa que se lleva a los labios sin tener la intención de beber, del vademecum jamás consultado de lomo desgastado que adorna la biblioteca de Charles Bovary, médico de ese villorio y sus cercanías. Busquen escenas sensuales y sexuales, donde no se menciona ni siquiera la palabra caricia; escenas camufladas tan sutilmente que, cuando uno las lee por primera vez, ni siquiera está seguro de haber leído algo erótico.

 Busquen una sola descripción del carácter, la personalidad o la psicología de uno cualquiera de los personajes. Difícilmente la encontrarán porque el maestro del Realismo literario no describe la sordidez de Rodolphe, la muestra. No describe la sensualidad de Emma, la pinta. No describe la mediocridad de Charles, la detalla. No describe la manipulación del comerciante- prestamista, nos la pone delante una y otra vez.  No describe el aburrimiento que envuelve a toda la sociedad, logra que lo sintamos. No describe la insatisfacción de quien espera que algo extraordinario suceda en su vida, hace que la percibamos. Flaubert eleva todo lo mundano y vulgar que hace de Yonville el “pueblo pequeño infierno grande” a la categoría de prosa poética sin emitir un solo juicio moral, ni enrostrarle a nadie la responsabilidad en el devenir de los hechos.

Gustave Flaubert
Pero hay más, pues a través de esas mismas situaciones logra iluminar los rincones más sórdidos de las almas de estos pueblerinos que se parecen tanto a nosotros. Y todo lo anterior lo hace con un toque espléndido y sutil de ironía y crítica. El Maestro de la Palabra Exacta.

Catalina López

Viaje en medio del confinamiento - Segunda parte

Yo lo leí, yo lo viví.

Se creía que el Chimborazo, volcán inactivo de Ecuador, era la montaña más alta del mundo, y claro, Humboldt quería ser el primero en escalarla para observar, medir y pintar todo lo que allí crecía, vivía y se movía. Quiso sentirla. Nosotras lo acompañamos, ascendimos junto a él, le dimos aliento para que conquistara la cima, fuimos testigos de su entusiasmo y vimos el cuidado con el cual abría los estuches de los instrumentos que iba necesitando para sus mediciones;  lo observamos leer con meticulosidad la humedad, la composición del aire, el punto de ebullición, la posición de las estrellas o de las nebulosas y desentrañar las capas geológicas de una zona,  para estudiarlas con su microscopio, telescopio, el altímetro, el termómetro o el barómetro. También estuvimos cuando, para nuestra sorpresa, pateó varias rocas por la ladera para ver hasta donde rodaban...quién sabe en qué dirección estaba trabajando su mente esa tarde en el Chimborazo.


Quería descubrir los secretos de la montaña, saberlo todo, apuntarlo todo, registrarlo todo. Sin embargo, estando a escasos trescientos metros de la majestuosa cúpula, el terreno mostró una enorme grieta imposible de cruzar, era una grieta demasiado grande y ancha. Humboldt no estaba en su mejor condición, sufría de vértigo, tenía los pies y las manos adormecidos, una infección que no sanaba, y los zapatos gastados; vimos que corría peligro su vida, sangraba y mostraba los efectos del mal de altura; entonces, a casi 6000 metros, decide no continuar.

Una revelación que cambia la vida puede llegar en cualquier momento y a Humboldt le llegó justo ahí, observando la montaña, lo que en ella crecía y vivía y todo lo que estaba alrededor y más abajo. Y entonces, todo lo que había medido, dibujado y estudiado, se conectó.  Su mente se iluminó con la luz que se enciende en quienes son los elegidos para descorrer el velo que cubre las cosas que necesitan ser reveladas, el velo que siempre ha estado, pero que nadie más ve. Todo estaba allí, plantas, altura, animales, clima, zonas, la interdependencia, la conexión, las relaciones, el fundamento, los sistemas, la diversidad, la cadena....pero nadie lo había unido. Si Humboldt no lo hubiera dicho, más tarde alguien lo hubiera hecho, pero no de la forma tan sublime en que él describió, ilustró y mostró la unidad de la naturaleza. Por increíble que parezca, hicieron falta muchas expediciones, muchos exploradores, muchos estudios y muchas versiones para llegar a este concepto. Era necesario que ésta y no otra versión fuera la que el mundo oyera. Era necesario que alguien como él relacionara lo que sucedía en las montañas y volcanes de los Alpes, los Andes y los Urales.


Cuando la expedición llega a su fin, Humboldt decide hacer de París el lugar perfecto para divulgar su nuevo concepto de ‘La unidad en la naturaleza’. Para conquistar la Ciudad Luz cuenta con una valiosa carga de baúles llenos de muestras, herbarios, colecciones de insectos, anécdotas, estudios, descubrimientos y anotaciones. En los círculos cultos de Europa la versión aceptada hasta ese momento hablaba de una América poco desarrollada, sin especies de gran tamaño, de muy poco interés para la ciencia. Plantas, animales y seres se habían quedado en una etapa subnormal de desarrollo, se oía decir a los académicos.

“El Nuevo Mundo era inferior al Viejo, afirmaba Buffon en la obra de historia natural más leída de la segunda mitad del siglo. Según él, las plantas, los animales e incluso las personas en el Nuevo Mundo eran más pequeños y débiles. No había grandes mamíferos ni gente civilizada, e incluso, los salvajes eran «endebles».

Humboldt, por el contrario, propone una narrativa diferente sobre el continente americano. Y mientras escribe y publica sus Crónicas, Narrativas y Ensayos ya sea en series o tomos individuales, en formatos valiosos y exclusivos o populares y baratos, también dicta conferencias sobre la Naturaleza. Se dedica a conquistar a Europa, a interesar a intelectuales, científicos, filósofos, ancianos ilustres y a jóvenes estudiantes, con las descripciones y las ilustraciones de las especies nuevas de plantas y animales coleccionadas durante su travesía de cinco años por esta parte del mundo. En las conferencias las palabras se le atropellan a una velocidad asombrosa y con un entusiasmo pocas veces visto, asombra al público con la descripción de un mundo  que  hasta ese momento había permanecido en la oscuridad total para la gente común, un mundo que había despertado muy poco interés en los círculos catedráticos.



Él inventó la naturaleza, porque aunque los españoles llevaban más de trescientos años en América, ningún europeo había visto el continente con los ojos de Humboldt. La gente abarrotaba los salones parisinos, hacían fila y exigían su presencia todas las noches; él saltaba de sitio en sitio, de salón en salón, dictando hasta cuatro conferencias en una misma noche: era el acontecimiento de la ciudad, lo que nadie se podía perder. Humboldt los hipnotizaba describiendo animales totalmente desconocidos, se emocionaba recordando los pájaros de cantos estremecedores, los insectos de formas tan variados que solo los dibujos acreditaban la veracidad de lo que contaba, les hablaba de reptiles monstruosos por su tamaño, mortíferos en su abrazo y de colores tan atractivos que era casi imposible dejar de observarlos. En sus mentes, los asistentes iban inventando imágenes de lo narrado, paisajes con plantas y animales exóticos viviendo en un mundo lejano y desconocido. Así los hechizaba.

Y así nos hechizó a nosotras. En Mayo de 2020 escalamos, trepamos, medimos, apuntamos y dibujamos el Vesubio, los Apeninos, los Urales y por supuesto Los Andes y los Alpes. Todavía no sé como hicimos tanto en tan poco tiempo. Mientras miles de millones de personas alrededor del mundo estaban confinadas en sus casas, atrapadas en sus quehaceres cotidianos, nosotras nos dimos el lujo de navegar por ríos turbulentos y mares tropicales de aguas cálidas y transparentes; de conocer y cenar con Jefferson y admirar la democracia naciente del país del norte, pero también de bailar con Bolívar y de alentar una revolución y una liberación; de sufrir mareos terribles, cansancio, y algunas picaduras. Aprendimos que el azul del cielo se puede medir, que Humboldt educó a los europeos sobre América y que él fue el primero en encontrar un diamante en Los Urales, no por casualidad, sino basado en predicciones fundamentadas en estudios y comparaciones geológicas de terrenos similares a miles de km de distancia.


Durante ese mes llenamos baúles con los objetos más inverosímiles: rocas recién expulsadas por la erupción de un volcán en Ecuador para compararlas con las del Vesubio, helechos de tamaños jurásicos, especies de animales desconocidas en el viejo continente, flores prensadas entre hojas de libros, muestras de las profundidades de minas en Siberia, de números correspondientes a las mediciones de la calidad de aire a 7000 metros de altura. Con Humboldt ascendimos en globo aerostático sobre París, bajamos en una campana de aire para revisar las obras que se estaban construyendo bajo el Támesis, cenamos con el presidente Jefferson en Monticello y pedimos financiación al Zar de Rusia para viajar hasta los confines de su imperio. ¡Qué días! ¡Qué mes!

De mis compañeras de viaje sé que algunas están profundizando aspectos de la técnica de ilustración de Humboldt para aplicarlas en sus hermosas creaciones; otras quieren investigar más sobre los años mozos de Bolívar,  alguna ha vuelto a leer poemas de Whitman sobre la naturaleza con renovado interés, otras empezaremos, hojearemos o terminaremos Cosmos o Narrativa Personal y todas sin duda, miraremos con los ojos prestados de Humboldt, la naturaleza que nos rodea.


Andrea Wulf hace un trabajo maravilloso al replantear la estatura inconmensurable del  genio prusiano que transformó la visión de la naturaleza y que influyó en personajes de la talla de Goethe, Muir, Schiller, Waldo Emerson, Walt Whiltman, Thoreau y Charles Darwin. Su visión de la naturaleza, de las fuerzas que influyen y modifican el ambiente, el clima y las civilizaciones fue devorada por reyes, filósofos, presidentes, científicos de todas las disciplinas, jóvenes brillantes, mujeres curiosas, pintores y académicos. Para nosotras fue un viaje exótico y revelador. La Invención de la Naturaleza es eso y mucho más.  Alexander Von Humboldt es una figura inmensa, el último hombre del Renacimiento, un hombre de la Ilustración, el primer divulgador que usó medios masivos y un Romántico que vio en la humanidad una fuerza poderosa capaz de modificar la naturaleza, el paisaje y el clima.


Después de leer este libro, Humboldt pasa a ocupar un lugar privilegiado en el Olimpo de los hombres sabios que nos hacen recuperar la confianza, perdida tan a menudo, en la especie a la que pertenecemos.

Catalina López

Las Bellas Extranjeras de Mircea Cărtărescu

 El libro que escogimos para agosto de 2022 es uno diferente a los que acostumbramos leer en el grupo. Aunque, pensándolo bien, no existe un...